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¿Cuánto tiempo falta, Alanna?
-Todos
los días preguntas lo mismo Allen.
-Pues
todos los días aborrezco está vida -renegó Allen con los ojos clavados en las
grietas y en las gotas que caían acompasadas del techo de la vieja casucha
donde se hospedaban. Afuera, el viento obligaba que la podrida madera gruñera
sin descanso día y noche, anunciando que la tormenta no se había marchado por
completo, cuatro días de interminables lluvias, estaban acabando con su
cordura.
-La
paciencia es una virtud -replicó Alanna torciendo su sonrisa en una mueca de
tristeza- Además, aunque quisiéramos, no tenemos a dónde ir y sin provisiones suficientes
moriremos de hambre o de frío, si el invierno nos alcanza.
-No
necesitamos mucho, solo unas cuantas monedas para los primeros días y cuando
lleguemos a un pueblo… ¡auch! -se quejó el chico de forma sonora, dirigiendo la
vista a la curación que Alanna le realizaba en la profunda cortada de su brazo.
-Llegar
a otro pueblo, ¿para qué? -cuestionó la bella niña sin perder concentración en
su labor- No importa a dónde vayas, no podrás poner ni un pie dentro cuando
alguien te reconozca y quiera matarte. Ese hombre pudo haberte cortado el brazo
entero o… -la voz se le quebró y los sollozos inundaron la pequeña y húmeda
habitación.
Una
lágrima recorrió el sucio rostro de Allen, él también tenía miedo a morir,
siempre había tenido miedo: a la oscuridad, a las personas que lo rodeaban, a
los insectos que revoloteaban cerca de su cabeza, a los animales que asechaban
en el bosque cuando lo cruzaban al anochecer, a los hombres que lo amenazaban
con armas o se enzarzaban contra él cuando les robaba, perder algún día a
Allana por su cobardía, pero, sobre todo, le temía a su padre.