domingo, 14 de mayo de 2017

Alas

- ¿Cuánto tiempo falta, Alanna?
-Todos los días preguntas lo mismo Allen.
-Pues todos los días aborrezco está vida -renegó Allen con los ojos clavados en las grietas y en las gotas que caían acompasadas del techo de la vieja casucha donde se hospedaban. Afuera, el viento obligaba que la podrida madera gruñera sin descanso día y noche, anunciando que la tormenta no se había marchado por completo, cuatro días de interminables lluvias, estaban acabando con su cordura.
-La paciencia es una virtud -replicó Alanna torciendo su sonrisa en una mueca de tristeza- Además, aunque quisiéramos, no tenemos a dónde ir y sin provisiones suficientes moriremos de hambre o de frío, si el invierno nos alcanza.
-No necesitamos mucho, solo unas cuantas monedas para los primeros días y cuando lleguemos a un pueblo… ¡auch! -se quejó el chico de forma sonora, dirigiendo la vista a la curación que Alanna le realizaba en la profunda cortada de su brazo.
-Llegar a otro pueblo, ¿para qué? -cuestionó la bella niña sin perder concentración en su labor- No importa a dónde vayas, no podrás poner ni un pie dentro cuando alguien te reconozca y quiera matarte. Ese hombre pudo haberte cortado el brazo entero o… -la voz se le quebró y los sollozos inundaron la pequeña y húmeda habitación.


Una lágrima recorrió el sucio rostro de Allen, él también tenía miedo a morir, siempre había tenido miedo: a la oscuridad, a las personas que lo rodeaban, a los insectos que revoloteaban cerca de su cabeza, a los animales que asechaban en el bosque cuando lo cruzaban al anochecer, a los hombres que lo amenazaban con armas o se enzarzaban contra él cuando les robaba, perder algún día a Allana por su cobardía, pero, sobre todo, le temía a su padre. 

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