La serenidad de la noche se
adornaba con listones platinados que emanaba la luna desde su lecho de
inmortalidad. La brisa nocturna llevaba consigo el aroma a madera y vegetación
que penetraba en cada rincón. El canto modoso del silencio se vio perturbado
por el fugaz movimiento de una ágil silueta oscura, casi invisible pero delatada
por el sonido silbante provocado por el golpear de su cuerpo contra el viento y
el leve danzar de la vegetación que se cruzaba en su pasar. Un murmullo apenas
perceptible reino en el silencio:
-La luna morirá, hasta que la última gota de sangre abandone mi cuerpo.
∫∫ Ω ∫∫
De las sombras una silueta felina
se iluminaba y se erguía con parsimonia hasta quedar de pie, un hombre con rasgos
salvajes pincelaban su bello rostro, ojos de zafiro intensificados en su
profundidad por el contacto con los rayos de plata, su cuerpo elegantemente
esculpido y adornado por cicatrices a los costados que formaban un patrón
indefinible pero semejaba a las rayas de un felino. Vestido con un taparrabos y
una capa que tocaba sus hombros hasta caer a los tobillos, ambos hechos de una
piel aterciopelada negra, en su cabeza descansaba una corona conformada por
colmillos con una piedra carmesí incrustada en cada uno de ellos.
Su mirada se encontraba perdida
en la perla porosa que adornaba el cielo estrellado. Tenía los sentidos
agudizados que hasta el leve caer de una hoja lo hacían desenfundar sus
instintos. No solo gozaba de sentidos más allá de lo humanamente establecido
sino que su esencia misma, era acepción de magnificencia. Hombre y animal
armonizaban en un solo cuerpo.
El universo era caprichoso y los
que habitaban sus confines eran piezas de un juego manipulado por sus deseos,
su destino era inapelable.
Existía un momento en el día
donde toda alma viviente sosegaba su actividad instintiva y sucumbía ante el
suplicio del sueño, era este el momento cuando a la nostalgia le nublaba la
razón y el dolor arribaba a su pecho como espinas desgarrándole el corazón.
Con mirada inquisitiva escrutó a
su alrededor y alzando los brazos su voz armoniosa crispo en los aires:
-¡¿Acaso estoy equivocado al querer detener este juego cruel? Todo pesa
sobre mi espalda, la vida no perece en el caos porque mis pies siguen andando,
porque mi sangre maldita aún fluye por las venas de su sucio mundo. Si yo lo
quisiera, todos podrían dormir con la muerte esta noche.
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