Es el fin, Orianna.
El
bosque de los perdidos donde todos aquellos huérfanos de lucidez se reunían
entre pesares y desdichas, ignorando en qué momento sus desorientados pies los
llevaron hasta aquel decrepito lugar. Todos eran señores de la tierra y cada quien se
creía dueño de cuanto lo rodeaba. Hechiceros errantes, humanos abandonados de
voluntad, todos frívolos y desatendidos de
los demás, llegaron ciegos a este lugar, cargando consigo aquellos defectos que
los condenaron a la soledad y a la muerte espiritual en sus mundos.
Aurelion,
un hechicero con casi tres siglos de lunas transcurridas, se había acostumbrado
a una vida dichosa y de resignación constante. En su tierra natal, Rozenheim había sido reconocido, respetado y
temido por consumir la vida de todo ser viviente que permaneciera en su
cercanía, hasta arrebatarles la existencia. Sin embargo, había sido un huraño
ególatra, que gozaba con ver el horror dibujarse en la cara de las personas,
por lo que no le importaba a relacionarse con ellos, sino verlos de vez en
cuando para saludarlos con la mano de la muerte. El poder que creía poseer,
consumió su voluntad hasta que llego al Bosque de los perdidos, donde una nueva
horda de súbditos estaba dispuesta ante él.
A
los pocos días de su aparición en aquel lúgubre lugar, Aurelion había
conseguido un hogar, arrebatándoselo a su antiguo poseedor, estaba instalado y
se preparaba para hacer su presentación ante sus nuevos siervos, sin embargo,
al encontrarse con aquella muchedumbre, un hombre vestido con ropas raídas que
en su tiempo, sin duda, habían sido lujosas, se postró enfrenté y gritó:
-Lacayo,
prepara los corceles, -ladró. Y con impaciencia marcada en su rostro continuó-
tu señor se desespera, incompetente.
Aurelion
con el rostro rojo de ira se plantó en medio de los deambulantes y proclamó:
-¡Ciegos,
ignorantes, desvergonzados!, Yo soy su único rey, dueño del piso donde ustedes,
ahora, plantan sus sucias humanidades.
Mi llegada ha demorado, pero eso no les da derecho de tratarme como su
igual.
Aquellos
perdidos, al verse insultados y heridos en su orgullo señorial, armaron una
trifulca violenta en contra de aquel farsante que se autoproclamaba rey. Puños,
insultos y arañazos volaron por los aires, hasta que los heridos y furiosos soberanos
se sintieron victoriosos y tomaron por medallas los ojos del mago que fueron
desprendidos de su rostro.
Al décimo día de la tragedia, Aurelion se
encontró con un joven humano quien al sentirse conmovido por la desdicha de
aquel hombre ciego decidió cuidar de él. Al poco tiempo de su convivencia
juntos, un lazo de amor apareció entre los dos, el mago adoptó como hijo a
aquel indulgente muchacho que tanta docilidad mostraba con su nuevo padre.
Meses de tranquilidad y cariño transcurrieron, y el corazón egoísta del anciano
se iluminó y su salud mejoraba considerablemente, creyendo que era la compañía
de Cleb lo que fortalecía su condición; pero al mismo tiempo que Aurelion
mejoraba, su hijo enfermaba y su vida palidecía con el pasar de los días. El
hechicero había estado consumiendo la
vitalidad de su adorado hijo hasta
que murió. Por noches enteras Aurelion lloró la pérdida de su única familia, el
amor lo había convertido en un padre sentimental pero en su conciencia cargaba con
la culpa de haber sido el culpable del agónico desenlace de su hijo.
Cuando
la ola de energía y juventud recorrió sus vetustos huesos la primera vez que
abrazó a Caleb, no pudo detenerse. A fin de cuentas, el era el pilar del
bosque, todos eran sus hijos y su familia vivía para servirle. No había nada
que lamentar, las cosas así tenían que ser.
Aurelion,
señor de los perdidos, había comenzado a ser la pesadilla oculta de los jóvenes
avaros e ilusos que de manera impertinente accedían a vivir con él, creyendo
que al estar con alguien tan poderoso y temido, los haría acreedores de sus
riquezas acumuladas cuando el muriera, no obstante, ese día jamás llegaba. En
el primer momento en que cada nuevo hijo del poderoso hechicero ponía un pie en
su hogar, jamás volvía a poner otro afuera. El amoroso y egoísta padre los
condenaba a la parte más oscura de su corazón. Aurelion los amaba, les ofrecía
tanto cuanto deseaban pero el alba nacía y el crepúsculo moría, y aquellos ojos
ilusionados se sumían en un creciente letargo. En el más avanzado ocaso de
aquellas almas, los lamentos de sus hijos eran desgarradores, llantos que
arañaban la perturbada conciencia, suplicas
que martillaban el corazón eclipsado. Aquellos últimos días eran un infierno,
la vida se tornaba insoportable y la desesperación convulsionaba sus
pensamientos al saber que ni con todo el amor del que disponía, sería
suficiente para salvarlos. Así tenía que ser.
Desconocía
el día y quién fue el hijo que marcó la divergencia entre la decadencia y la
tranquilidad. Sus oídos se habían vuelto sordos al sufrimiento, ignoraba que
había sido él mismo, quien decidió amurallar su alma en ruinas. No podía ver
cuando los marchitos cuerpos se desplomaban al abismo y era incapaz de escuchar
los ruegos y lamentos que se ahogaban en el dolor.
-Orianna,
hija, necesito que tomes mi mano –solicitó Aurelion en un murmullo- tu enfermo
padre desea que lo revivas con tu compañía.
Pero
solo un débil crujido obtuvo por respuesta. Lagrimas escaparon de sus cuencas
vacías, ya no lo soportaba, Orianna se había vuelto distante y fría desde hace varios días. ¿Acaso ya no lo
amaba? ¿Por qué ella también tenía que ser una mal agradecida como todos sus
demás bastardos? Siempre era lo mismo, nunca era suficiente, tenían amor,
riquezas, comodidad ¿por qué demonios siempre lo abandonaban cuando lo único
que él quería era no sentir la soledad?
-¡Orianna!
–demandó el mago –¡te ordenó que vengas¡ Estoy cansado de tu rebeldía y de que
te hagas la desatendida –Aurelion se paró de su asiento y comenzó a caminar por
la casa, hasta que tropezó con un bulto en medio de la estancia- ¡Orianna, ha
sido suficiente!, levántate y deja de ignorarme.
Su voz se quebraba con cada
palabra que pronunciaba, no soportaba que lo ignoraran, él entregaba su corazón
por amor, no merecía que se mostrarán indiferentes ante él, no pedía mucho,
solo un poco de atención y cariño.
-¡Orianna! -la desesperación
se apoderaba de sus movimientos, su rostro se había deformado en un gesto de
odio y dolor. Derramándose en caudales de tristeza, las lágrimas surcaban todo
el rostro, su cuerpo estaba empapado por agua salada que se escapaba de sus
poros- No me obligues a ponerte una mano encima, pequeña insolente –pero sus
manos ya actuaban por impulso, jaloneaba
con tosquedad los huesudos miembros del cadáver, ya no se detenía, estaba
ofuscado por el suplicio y la brutalidad cesó hasta dejar un bulto
irreconocible en el suelo.
-Me rindo, Orianna, puedes
irte si quieres. No te detendré –se volteó repentinamente y un gesto de
angustia deformó sus facciones -¡Espera, no te vayas hija! –gritó- No quiero
estar solo, mi cuerpo es fuerte pero mi corazón es viejo y está cansado, no
soporto más dolor- pero Orianna no contestaba- solo te pido un último abrazo,
ya no quiero amar y ser abandonado, no deseo más hijos si con todos debo pasar
por lo mismo –la voz del anciano se apagaba, pero un brillo sádico en sus ojos
iluminó y suavizó su rostro - ¿No te irás Orianna? Está bien, te dejaré sola si
es lo que necesitas, yo ya te he perdonado.
Pero Aurelion sabía que
Orianna no lo perdonaría, que su hija nunca volvería, solo ignoraba la realidad.
Sin embargo, era verdad lo que había dicho, su corazón era viejo y desde hace
mucho que había descuidado su reino, seguramente alguien más había tomado su
lugar allá afuera, aunque desde hace años que eso no le importaba, el vivía
para sus hijos, nada más le importaba. Él sabía qué hacer. Los árboles, incluso
los más fuertes, un día tendrían que caer.
-Es el fin Orianna. -dijo
Aurelion con un tranquilo y resignado suspiro-
Solo quiero que sepas, que yo siempre te amaré, eres mi hija, al igual
que todos tus hermanos aún y después de que se marcharon para nunca volver, los
llevo siempre en mi viejo corazón, mi alma está tranquila porque de mi sólo
tuvieron amor.
Yesenia Coello
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