Cada día a media noche, se le veía pasar, su caminar
era el de una cierva, altiva, el caminar de una mujer que ha aprendido a alzar
la mirada sobre el dolor, aunque ella fuera tan solo una niña. Su rostro estaba
suavizado por una expresiva nostalgia con mirada meditabunda, sus grandes ojos
de avellanas, donde se reflejaba la luz de la luna, estaban adornados por
sombras oscuras inferiores que evidenciaban su profundo cansancio, su piel de
leche aterciopelada, labios de rosas inmóviles y callados, el viento danzaba
con sus ondulados y largos cabellos azabaches y al pasar dejaba detrás de sí,
una brisa perfumada a flores, lavanda, rosas.
Aquella niña dejo de ser una persona para convertirse en una sombra, un
espectro silencioso que todos, sin darse cuenta, aprendieron a ignorar. Incluso
su nombre se había marchitado de la memoria de aquellos que alguna vez la
conocieron.
Sephira solo se aventuraba a salir cuando terminaba el crepúsculo y las
estrellas comenzaban a dejarse ver. Se disfrazaba de oscuridad; su vestir
siempre negro, verde o azul profundo. Tenía un caminar ligero que no irrumpía
en el callado ambiente, ni alteraba a ninguna criatura nocturna.
No tenía padres ni hermanos, los había perdido ya hace tiempo, ya no
recordaba sus rostros. Tenía una casa en el interior del bosque donde podía
refugiarse, pero no era cálida por lo que no podía llamarlo un hogar al que volver.
Siempre había vivido con la sensación de haber perdido algo. Era como si
el mundo no tuviese colores cada vez que lo miraba. No sabía cuál era el color
que se desvanecía, por más que se lo preguntará, no encontraba la respuesta.
Había aprendido a valerse por sí sola, si había sobrevivido de esa
manera por todo este tiempo, podría seguir haciéndolo por mucho más. Se
abastecía de lo que el bosque le ofrecía y a veces, durante sus excursiones
nocturnas, cuando la pequeña ciudad que lindaba con el bosque estaba en
completo reposo, entraba en las confiadas casas y robaba algunas hogazas de
pan, queso y si la adrenalina le alcanzaba, alguna cubeta de leche. No se
atrevía a salir de día, donde pudiese quedar a la vista de todos y alguien
pudiese reconocerla, era casi impensable, Sephira se había empeñado en que su rostro
se disipará de los recuerdos de todos, porque si un día pensaba en volver,
quería empezar de nuevo y dejar de ser la hija perdida, una bastarda que no
encajaba en la vida de los demás, un estorbo para quienes un día cuidaron de
ella, si alguien la hubiese extrañado la hubiesen buscado, pero no fue así.
Dejaron que se fuera y con ella, problemas con los que nadie quería lidiar.
†˚˚Ω˚˚†
El frescor del viento nocturno acariciaba las ramas de los árboles y los
hacía estremecer, se agitaban y movían en dirección al aire que los obligaba a
doblegarse a su merced. El ulular de los búhos acompañaba el suave silbar del
viento. Estos encantos nocturnos deleitaban los sentidos de la pequeña y de
todos los habitantes del bosque.
Muchas estaciones habían transcurrido y Sephira se había convertido en
una bella jovencita, aunque nadie se lo había hecho saber.
†˚˚Ω˚˚†
Era finales de Otoño, los árboles estaban cubiertos por sobrevivientes
hojas doradas y cobrizas. Los pies de Sephira la dirigieron a un lugar que
había encontrado ya hacía mucho atrás,
estaba oculto entre ramas y arbustos, era más verde y tenía más vida que el resto del bosque. No parecía que
alguien hubiese pisado ese lugar en generaciones.
Este lugar secreto se encontraba en el punto más profundo del bosque, su
corazón. Incluso la naturaleza abrazaba en su interior algo que era tan suyo
que no podía dejarlo expuesto a que vidas ajenas lo destruyesen. Un pequeño
lago cristalino se encontraba celosamente custodiado por robles robustos,
arces, hayas y arbustos frondosos que formaban una muralla y que a simple vista
volvía invisible todo lo que había en su interior.
Visitaba este lugar especialmente en luna llena, esta le obsequiaba al
bosque una luz azulada que transformaba el pequeño paraíso del lago, en un
secreto encantado. Era una fiesta de luces, las luciérnagas revoloteaban por el
lugar y dejaban de ser pequeños insectos para ser solo estrellas de intenso
multicolor; carmesí, dorado, esmeralda, índigo.
La brama del viento, el crujir de
las ramas, el grillar de algunos insectos, el ulular de los búhos y el aullar
de algún lobo lejano, era la lirica del bosque por las noches. El ambiente se
inundaba de una amalgama de aromas silvestres y florales, que se entremezclaban
hasta concebir un aroma dulzón, a sueños, a fantasía.
El lago era un diamante líquido incrustado en el suelo verdoso del
bosque, su agua siempre permanecía fría y dulce, como si un corazón glacial
permaneciese inerte en su interior. Al sumergirse en los gélidos brazos
líquidos, el dolor que aquejaba al cuerpo y alma, se entumecía y terminaba por ser
reconfortados.
Sephira caminaba entre árboles y arbustos con evasión, su vista estaba
acostumbrada a la oscuridad y conocía bien ese camino que era imposible que
pudiera perderse.
Cruzó un viejo roble y apartó unas cuantas ramas y, discreta como una
sombra llegó a su preciado lugar, pero entre las luces que navegaban en el
azulado espacio y el meloso aroma del aire, encontrase allí algo que la inquietó
y la hizo ahogar un grito de sorpresa. Se contuvo y observó al inesperado pero
no desconocido visitante. Estaba sentado en un tronco caído a la orilla del lago,
sus pies se sumergían en el agua haciendo suaves chapoteos en ella. Sus manos estaban
concentradas en el juego de atrapar luciérnagas, aunque estas rehuían
apresuradas y solo las rozaba con sus dedos. Su cabello de oscuros rizos
encrespados y alborotados, su rostro de bella tez morena se ornamentaba con
grandes perlas negras, tenía la nariz aguileña, labios pálidos, carnosos,
delicados y una sonrisa que embellecía aún más sus facciones.
Su torso se encontraba desnudo, tenía un cuerpo esbelto, espalda ancha y
extremidades largas. A pesar de nunca haberlo visto en ese lugar, el joven armonizaba
con perfecta sincronía y belleza con el hermoso paisaje, parecía pertenecer al
lugar, como si siempre hubiese estado allí otorgando más luz y magia del que
este poseía.
Lo había estado observando desde hacía algunos meses, paseando por el
bosque o en sus breves visitas al pueblo. Lo veía con cierta constancia, sin buscarlo,
aunque con el deseo frecuente de encontrárselo. Le admiraba en secreto y le
quería sin admitirlo, era una estrella fugaz que la enamoraba con su momentánea
aparición y al desaparecer de la vista dejaba en su estela una horda de sentimientos
desconocidos y un vacío amargo por la brevedad del deleite. El vacio, los
sentimientos y su rostro iban quedando en el olvido y la resignación. Pero
siempre revivían antes de desvanecerse por completo cuando sus caminos volvían
a coincidir.
La historia se repitió de la misma forma por varias estaciones y pese a
que Sephira no lo notase, el amor creciente se acumulaba en su corazón.
Sephira se recuperó del ensimismamiento por la impresión, aún no creía
que su estrella fugaz estuviese a unos metros, fijo en el mismo lugar y
esperándola. No se había percatado cuando sus pies avanzaban ya por voluntad y
se dirigían al bello y anhelado ser. Avanzaba con paso cauteloso como si
evitara asustar a un cervato con la intención de acariciarlo. Se detuvo a unos
cuantos pasos, el muchacho volteo la cabeza y por primera vez, ambas miradas se
cruzaron y fijaron entre sí. La mirada del hermoso cervato era inescrutable,
las hermosas perlas negras la observaban inexpresivas, pero los ojos de ella
desbordaban emociones; amor, desconcierto, dicha y nerviosismo, estaba
vulnerable, su alma se volvió transparente y tenía el corazón en las manos. Sus
labios estaban entreabiertos y mudos. Sephira apretó los puños y su voz
quebrantó de golpe la expresión contemplativa del joven.
-¿Quién eres criatura? –preguntó con voz trémula.
-Amir… -dijo con desconcierto. Sin apartar la vista de los ojos oscuros
y vidriosos que lo escrutaban, tragó saliva
y alzando un poco más la voz continuo- me he perdido, paseaba por los
alrededores, cayó la noche y cuando intenté volver me había internado tanto el
bosque que no vislumbre el camino de regreso, seguí buscando y encontré este
lugar, me pareció seguro, decidí descansar y… -se quedo sin aliento, la mirada
inquisitiva de la muchacha lo intimidaba y con esfuerzo concluyó- ¿Tu también
te has perdido?
Un extraño sentimiento de nerviosismo recorría el trémulo cuerpo de
Sephira, cruzó los brazos para no evidenciar el temblar de sus manos, sentía como se le ruborizaban las
mejillas, la voz del muchacho era grave con un toque infantil, también estaba
sonrojado, tal vez por la vergüenza de que una chica lo viera sin camiseta o
por la sorpresa de que alguien le mantuviera la mirada por tanto tiempo como lo
hacía aquella lúgubre doncella.
-No estoy perdida, vivo cerca del lago –levantó un brazo y con el dedo índice señaló hacia el sur- Soy,
Sephira.
-Sephira –repitió Amir con casi un murmullo, las letras de su nombre
flotaban en su paladar <<que nombre
tan más exquisito para alguien tan bella>> –pensó y con seguridad
continuó- ¿podrías ayudarme a salir de aquí? Debo volver a casa y no puedo
solo.
-Naturalmente te ofreceré mi ayuda- en la voz de
ella había autoridad, se mordió el labio al pensar en la osadía que
estaba a punto de pronunciar- pero hoy no, no esta noche ¡Una vez que entras en
luna llena, es imposible que te sueltes de los brazos del bosque! –exclamó
excitada.
-¿En serio? –el rostro de Amir tenía una expresión incrédula y
divertida- ¿acaso existe alguna maldición que me convierta en piedra o me
retenga en este lugar?
-Yo, yo soy la maldición- contestó Sephira con un dejo de tristeza.
Amir la miró con desconcierto y abrió la boca, pero no fue capaz de
emitir sonido alguno. Aquella chica le inspiraba un extraño sentimiento, tenía
un porte seguro y fuerte pero sus ojos cristalinos parecían a punto de romper
en llanto. Un golpe de emociones oprimió su pecho, con el rostro contraído se
dirigió a ella y le tendió su mano, Sephira confusa por el repentino
ofrecimiento posó sus dedos sobre los de él sin dejar de observarlo a los ojos.
-Quédate –musitó ella.
-Me quedaré –contestó Amir y con delicadeza la atrajo a su lado.
Ahora ambos estaban
sentados en el tronco caído, el ambiente se había tornado más cálido por la
proximidad de sus cuerpos, esperaban, a que uno se atreviera a pronunciar, la
manera de romper la maldición que tanto aquejaba a Sephira. La soledad.
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