martes, 9 de febrero de 2016

El prínicpe de la capa escarlata

Un lastimero aullido rasgó el velo de silencio que cubría la noche, tan agónico que parecía contener todas las tristezas y desdichadas de las criaturas del mundo. Dorian dirigió la mirada hacia el punto de donde provenía el lúgubre lamento.
Cada noche el pequeño príncipe se posaba ante su ventana y observaba meditabundo el umbrío bosque de hojas escarlata y flores como estrellas de fuego que se extendía sobre el horizonte, perdía su mirada en el centro de este lugar, creyendo con infante inocencia que justo allí, yacía el héroe de sus historias, el abuelo que añoraba conocer y abrazar, aquel de cuyo nombre había quedado borrado de la boca de su padre y que de manera injustificada, estaba prohibido pronunciar. Intentaba imaginarse lo que hacía en ese momento, ¿quién le hacía compañía?, ¿con quién hablaba?, ¿acaso su abuelo pensaba en su nieto, como Dorian pensaba en él cada noche y cada vez que miraba al bosque? Pero estos pensamientos se veían bruscamente interrumpidos cuando un desapacible aullido estremecía los arboles por su inmenso dolor y erizaba la piel de Dorian. Los escuchaba en las noches de manera inesperada y con profundo pesar, porque no podía imaginarse a una criatura con un sufrimiento tan grande que lo obligará a lamentarse de aquella manera. Deseaba encontrarlo, ser su amigo y jurarle que nunca estaría solo, pedirle que dejará de llorar, porque cada lagrima que el derramaba rompía de a poco el corazón de Dorian. Pero eso no era posible, no podía conocer a su abuelo ni ser amigo del lobo porque no podía ir más allá de los límites del castillo, estaba estrictamente prohibido por el rey, y nadie se atrevía a desafiar su autoridad.
Dorian era un niño de 12 años, de inocente semblante, piel blanquecina, ojos avellana engarzados en un rostro infantil, hermosamente cincelado y con oscuros mechones de cabello que caían y ondulaban sobre su cabeza. Era hijo único de Sebastian Alagrís, rey de Valthara, hombre grande y de porte noble, tenía un rostro de expresiones ásperas enmarcadas con una barba castaña y una brillante corona que posaba sobre sus cabellos, tenía los ojos y facciones de su hijo, aunque envejecido por varias décadas más, era estricto y justo con sus soberanos y de inexorable carácter, aunque en realidad era un hombre dulce y buen padre. Camelia, su madre, una mujer modosa y cariñosa, con un rostro delicado, de ojos grandes oscuros y profundos como una noche sin estrellas, mismo color de sus largos cabellos; tenía unas largas manos con las que acariciaba el cabello de su hijo mientras le contaba historias, y su favorita entre todas estas era la del rey Orsino Alagrís, su abuelo, de cómo éste en una hazaña heroica por salvar al pueblo y de vencer a aquella bestia incontrolable e infernal, perdió la vida. Los sobrevivientes de aquel triste y memorable día, contaban esta historia envalentonada con sus propias impresiones y melancólicos sentimientos, según hubiera sido su papel en el campo de batalla, por lo tanto, la historia se había deformado un tanto, de boca en boca a pesar de que había ocurrido hace poco más de 40 años.        
La verdadera historia era, la que Thalion, le contó a su sobrino Sebastian cuando cumplió sus 12 años de edad, mismo día en que fue coronado como nuevo soberano de Valthara, debido a la ausencia del antiguo rey.
Ese día, para amainar el desconsuelo que sentía Sebastian por el abandono de su padre, su tío Thalion contó, sobre la amistad que Fauros el ancestro protector del bosque y Orsino su progenitor, habían entablado desde que éste era apenas un joven erudito que se había adentrado en el arte de la magia ; de la pelea que lucharon juntos cubriéndose la espalda mutuamente; y del triste desenlace que ambos tuvieron, aunque contradiciendo los relatos que se rumoreaban en las calles de la ciudad, ninguno de los dos había muerto.
Y esto último lo sabía Dorian de boca de su madre, sabía que su abuelo era un mago, que había dejado a su amigo el ancestro, desamparado después de derrotarlo y ahora, conocía la razón del porqué su  padre desde aquel día, guardaba un profundo recelo con aquel hombre que lo abandono.
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Así pues, pasaban los días, las estaciones nacían y llegaban a su fin. Y Dorian cumplió doce otoños de edad. Al fin había llegado el día que Camelia y Sebastian esperaban con fría emoción y preocupación aciaga. El pequeño príncipe tenía derecho de conocer a su abuelo, sus padres notaban el ensimismamiento y la tristeza que se reflejaba en los ojos de su hijo  cada vez que miraba hacia el bosque.   
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Un buen día, cuando el alba ya se había asentado en el cielo dorado que envolvía a Valthara, la familia Alagrís caminaba hacía los límites entre el castillo y el bosque   escarlata, Sebastian marcaba el paso mientras que Camelia y su hijo, tomados de la mano lo seguían en silencio. Una sonrisa agraciaba el bello rostro de Dorian, sabía lo que estaba a punto de acontecer, todo tipo de emociones emergían desde el profundo deseo que albergaba con ilusión; esperaba aquel día como regalo prometido, desde que supo de la vida de su relegado abuelo y ahora no existía quien pudiera eclipsarle aquella desmesurada alegría. Los tres llegaron a su destino, Camelia se arrodillo frente a su hijo, le tomo ambas manos entre las suya y con apacible felicidad le dijo:
-Cariño, siempre tuviste el derecho de conocer a tu abuelo, tu padre y yo no podíamos ignorar su deseo.
-¿Él también quiere conocerme? ¡¿Me está esperando ahora?! –preguntó Dorian soltándose de las manos de su madre, sin disimular el fervor con que ahogaba sus palabras.  
-Sí, hijo. –contestó su padre acercándose al pequeño príncipe, mientras posaba una mano en su hombro –Es por eso que ahora nos encontramos aquí.
Dorian asintió vehemente, paseando la mirada de su padre hasta su madre.
-Desde hace muchos años que el bosque no es un lugar seguro para los humanos –dijo Sebastian con voz severa, dando un paso hacía el bosque- toda criatura que allí habita, ataca a quien desconocen como uno de los suyos. Desde aquel día… -se detuvo repentinamente y se mordió el labio inferior- Algunos le llaman el infierno escarlata, nadie ha osado poner un pie más allá de los límites permitidos, aquel que entra es indiscriminadamente devorado por los animales.
Dorian ahogó un grito de terror y en su lugar, un gemido de asombro salió de su boca.
-Pero… ¿yo no iré solo verdad?- trastabilló el pequeño príncipe.
-No estarás solo hijo –contestó la madre- tu abuelo sabe que hoy irás, una parte de su espíritu te protegerá de quien quiera lastimarte, y te estará guiando durante tu travesía, como si el mismo te llevara de la mano.
-Sin embargo hay algo que es indiscutible que lleves –dijo el rey haciéndole una señal con la cabeza a su reina.
-Las criaturas del bosque no se verán amenazadas si te ven como uno de los suyos -La madre de Dorian sacó de la bolsa de cuero que llevaba en la mano, una larga capa de un profundo rojo escarlata, poniéndosela sobre los hombros a su hijo. Camelia dio un  paso atrás y con voz firme continuó- Todo ser viviente en ese bosque se ha teñido de rojo escarlata por toda la sangre que un día se derramo entre sus plantas, arboles y flores; los animales, tienen sus pelajes, pieles y escamas bañadas por los sangrientos recuerdos que no han podido dormir en sus mentes. Para ellos, aquel manto rojo que les abriga es un cruel recordatorio de la confianza que nunca debieron otorgarle a los humanos. Ni siquiera tu abuelo Orsino que vive como pilar del bosque, logró cambiar eso, a pesar de que gracias a su sacrificio ellos siguen existiendo.
-Hazme el favor y entrega esto a tu abuelo –el rey le entregó un pergamino enrollado y sellado con el emblema de la familia –es realmente muy importante que él lo reciba.
-Te prometo que llegará hasta sus manos –miró fijamente a su padre mientras este asentía con la cabeza.
-¡Nunca vaciles tus pasos hijo, aunque te vean como uno de ellos, jamás te aceptarán! –exclamó Sebastian mientras le cubría la cabeza a Dorian con la capucha de su capa escarlata –Mira siempre hacia delante y no ensombrezcas tu camino con las dudas. Recuerda que la ceguera es no saber qué camino elegir,  tú tienes un objetivo, deja que sus corazones tejan el lazo hasta unirse. No hagas caso de las voces que intenten entorpecer tus pasos.
-Seré cauteloso, les prometo que regresaré con bien, confíen en mi –decía mientras abrazaba a sus padres.
-En ti confiamos. Bienaventurado sea tu viaje –zanjó Sebastian mientras miraba a su hijo adentrarse en el hermoso infierno escarlata.
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 El bramar del viento armonizaba con los suaves cantares de las aves que por allí volaban, el crujir de las hojas secas debajo de los pies de Dorian le tranquilizaban  y daban ritmo a su caminar.
Un aullido estremecedor golpeo el viento y lo hizo callar. El príncipe se detuvo al oírlo, alzó la vista al cielo y cerró los ojos como si de esta manera pudiera escucharlo mejor. Inmediatamente comprendió que no era el aullido de un lobo cualquiera, era el mismo lamentable aullido que escuchaba cada noche, pero esta vez más sosegado. Sabía que era un intruso en ese territorio y aquel lamento podría ser también una advertencia. Pero las palabras de su padre resonaban en su mente y no permitiría que nada lo hiciera volver sobre sus pasos. Y con este pensamiento, reanudo su camino.
Una profunda intuición le alertaba la presencia de algo asechándolo, en su interior sabía que un encuentro cara a cara era inevitable, pero en su semblante no se atisbaba ni un rastro de temor.
Y finalmente el lobo embistió al príncipe, mostró sus afilados colmillos, un áspero gruñido se escuchó y en ese mismo momento el lobo que había llegado hasta ahí con el caminar de un animal, ahora se erguía sobre sus patas traseras tomando una forma humanoide. Dorian reaccionó con calma, esperando a que su insólito visitante terminara su estrambótica transformación. El lobo miró directamente al niño con sus llameantes ojos carmesí, se acercó hacía él y con una garra tomó su barbilla alzando su cara hasta que las miradas se encontraron.
-Señor lobo. –saludó Dorian acompañado de una leve inclinación de cabeza- Soy Dorian Alagrís, hijo de Sebastian Alagrís, rey de Valthara.
-Oh vaya, un príncipe –espetó, levantando una ceja- Me llamó Fauros. Es un honor –se presentó, haciendo una teatral reverencia. Su voz era suave y profunda, su hocico achatado destilaba un olor ferroso y dibujaba una tétrica sonrisa. Sus ojos eran rubíes brillantes que reflejaban serenidad y un profundo cansancio, era dos veces más alto que el niño, su famélico cuerpo estaba cubierto por un encrespado pelaje gris y unas desgastadas garras estaban incrustadas en sus patas.
-¿Y qué hace su realeza caminando por estas olvidadas tierras? –preguntó Fauros.
-Iré a visitar a Orsino, mi abuelo. Y también le llevaré este pergamino, que es un mensaje  muy importante que mi padre quiere darle.
-Ya veo, así que eres nieto del anciano… -se extrañó Fauros- Ahora comprendo porque nuestros caminos se han cruzado.
-Entonces ¿no me estabas persiguiendo desde que entre al bosque? –preguntó Dorian.
-Verás, es la primera vez que veo a un humano adentrarse tanto en el bosque escarlata, normalmente aquellos que valiente y estúpidamente deciden venir, no suelen llegar  muy lejos antes de que… desaparezcan de una manera no muy agradable. Pero tú… –El lobo levantó una pata intentando tocar algo invisible que rodeaba al pequeño- Puedo percibir algo muy fuerte que emana de ti, un olor muy familiar, parecido al de tu abuelo –un gesto de tristeza se plasmo en su boca- Y fue eso mismo que me llevó a querer encontrarte, esa energía toma la forma de un lazo que es invisible para todos excepto para mi, curiosamente y para ti que puedes sentirla y que ahora te sirve de guía para llegar hasta él.
-¿Conoces a mi abuelo? –preguntó Dorian.
-Somos muy buenos amigos –mintió con seguridad el lobo- Pero bueno, pequeño príncipe, no te retraso más, aún tienes un buen tramo que caminar antes de encontrarte con Orsino.
-¿Te volveré a ver? –quiso saber el príncipe- Te he escuchado llorar muchas noches y … -Dorian se sonrojó y agachó la cabeza al percatarse de lo osado que había sido esa confesión- Lo siento, pero me gustaría ser tu amigo, espero volverte a ver y ahora más sabiendo que eres amigo de mi abuelo –terminó, recobrando la compostura.
-Claro, te prometo que pronto nos volveremos a ver –respondió con disimulado desconcierto.
Y de esta manera se despidieron, Dorian continuo caminando con un renovado entusiasmo, mientras que Fauros esperó a que el pequeño se perdiera de su vista para tomar un atajo hacía la casa del mago Orsino.
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Desde aquel trágico incidente de la guerra, la vida de Fauros había dado un vuelco irreversible. El majestuoso y venerable Ancestro había sido derrotado por su mejor amigo y éste, en un acto de despectivo despreció, condenó a la mágica criatura a ser un zarrapastroso perro, había perdido los colores que antes ostentaba en su forma animal y ahora era de un triste color gris, sus poderes se habían ido por completo y por lo tanto, jamás pudo convertirse en humano otra vez, ahora, su intento se limitaba en transformarse en un lobo parlante, sostenido en dos patas y con una lamentable y bestial figura.
Cada noche, el blanco platinado de la luna y el profundo oscuro del cielo, le recordaban el color que su pelaje tuvo cuando era un ser milenario, y benévolo con quienes lo amaban. Pero ya nada quedaba de eso, aquellos que alguna vez lo veneraron, lo comenzaron a ver con vergüenza, decepción, desdén; y con el tiempo aprendieron a ignorarlo y finalmente, a olvidarlo por completo. Fauros nunca había existido para ellos.
Si bien lo había perdido casi todo, existía algo que aún moraba en su agotado corazón, y era el gran amor que sentía hacía su bosque. Pero estos latentes sentimientos de añoranza, unidos con la desdicha del hambre y la deshonra, lo hacían despojarse de aullidos cargados de miedo, tristeza, dolor y odio.
Había pues, una manera en la que Fauros podría recuperar sus poderes y su bosque, pero para esto tenía que encontrarse frente a Orsino y nunca había podido lograrlo porque la casa donde habitaba el anciano, estaba cubierta por una barrera mágica que la hacía invisible e indetectable para los sentidos del Ancestro. No obstante, ese día sería la excepción, el confiado príncipe le mostraría el camino hasta su liberación, y para eso no necesitaba más que adelantarse y llegar antes de que el rastro desapareciera.
Y así, el legendario Ancestro se encontraba ahora frente a la puerta de su destino. Miro sus ásperas patas y con determinación rozó con sus dedos la invisible superficie. Sin previo aviso, un descomunal y viejo árbol se alzaba frente a él, las fuertes raíces arañaban la tierra aferrándose para no salir por completo a la superficie, enredaderas de flores rojas abrazaban fuertemente al tronco, mientras que frondosos mantos de verdes hojas adornaba la superficie, y que desde la posición del lobo, pareciera perforar los cielos.
Una grieta se dejó entrever frente a Fauros, tomó en cada una de sus patas delanteras un extremo de la brecha, y haciendo uso de su limitada fuerza, las separó creando una abertura exacta para pasar su escuálido cuerpo.
Un golpe de dolor le censuró los sentidos, obligándolo a caer de rodillas frente la imagen que se levantaba ante él. Orsino estaba postrado en un trono forjado por fuertes raíces y pequeñas flores escarlata lo ataviaban. Sus extremidades habían dejado de  ser humanas; sus dedos eran ramas que se extendían y se perdían entre el ramaje de su trono, de sus pies emergían gruesas raíces que penetraban el suelo; su piel estaba pálida y envejecida, tenía un rostro sabio, vetusto y anacrónico, que resaltaba por una inacabable barba lechosa que caía por todo su cuerpo hasta perderse entre la ramificación. Su cuerpo estaba cubierto por una desgastada túnica de un negro profundo, y un medallón con el emblema de la familia real, ornamentaba su pecho, aunque opacado por las décadas.
-Fauros – una voz atronadora y etérea emergió de los agrietados labios del mago.
El lobo ancestral se recuperó y se puso de pie, su corazón le latía fuerte y una amalgama de emociones le asedió por completo cuando su viejo amigo abrió los ojos, que eran esmeraldas oscurecidas por los años. El escuchar pronunciar su nombre en voz tan amada, le destrozó completamente, y pequeños cristales líquidos le brotaron de los ojos.
-Amigo mío –alcanzó a decir Fauros con voz trémula- Nunca creí que el volver a verte me haría despojarme de todas mis egoístas intenciones.
-Sé a lo que has venido, me imaginaba con seguridad, que nunca te dejarías morir antes de intentar tu última proeza para recuperar tu vida.
-Entonces sabes que debo robarte la vida de la cual, tú un día me despojaste. –confesó con tristeza el lobo- Pero mi determinación ha flaqueado. Pensaba que solo mataría al anciano que me maldijo un día, pero ahora, he comprendido que asesinarte sería aniquilar el corazón del bosque.
-Mi condición significa que el bosque me ha consumido. –explicó Orsino- Yo solo era un humano sin magia suficiente para mantener con vida a todo este lugar. Tuve que entregar hasta el último grano de vida y de humanidad que en mi quedaba como ofrenda.
-Pero vives rodeado de miles de almas que se postran a tus pies –protestó el Ancestro- eso debería de significar algo para ti.
-Tú fuiste libre y amado durante tu imperio, yo soy solo un esclavo de la soledad. –dijo el anciano con recelo- Las criaturas me respetan pero no sienten amor hacía mi. Al inicio mis acciones fueron justificadas pero ahora, nada de esto tiene sentido, estoy cansado y he perdido demasiado.
Fauros estaba ofuscado y conmovido. El encuentro le había hecho olvidarse que el príncipe de la capa escarlata venía en camino. Debía de actuar pronto, pero sus pensamientos estaban sofocados y era incapaz de tomar una decisión en ese estado.
-Yo viviré a tu lado de ahora en adelante –dijo ilusionado el lobo- En este lugar mi cuerpo se ha olvidado del dolor y tu olvidarás la fría soledad. Ninguno de los dos tiene que morir…
-¡Devórame ahora! –gritó excitado Orsino- ¡Culmina tu cometido en este momento, ármate de valor y libérame de este destino que no me correspondía!
Un inmenso golpe de dolor le cortó la respiración a Fauros, sus oídos no daban crédito a la petición de su amigo. Todo parecía ser producto de una despiadada pesadilla. Pero en su corazón, que palpitaba por un desmesurado amor hacia aquel humano, yacía la decisión correcta para aquella desdichada criatura que sufría tanto o más que el.
-¡No lo haré! –exclamó- No mientras tu nieto viene hacia acá con la ilusión de conocerte, nunca me perdonaría que en vez de eso, encontrará tu cuerpo sin vida e inerte.
Mi nieto… –repitió con voz entrecortada mientras las lágrimas se aglomeraban en sus ojos esmeralda y rodaban incontrolables sobre sus mejillas- Bien, hazlo después de que él se  marche.  –concluyó agachando la cabeza.
-Que así sea- respondió, mientras que con la mirada baja y una mano sobre el corazón se hincaba sobre su rodilla en pos de respeto.
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Dorian se detuvo frente al gran árbol, sus pies lo habían llevado hasta ese lugar donde no se divisaba otro camino. Localizó la brecha que el lobo había dejado con anterioridad y se dispuso a entrar hacía el interior del tronco.
El pequeño príncipe se detuvo de repente, frente a él estaba su abuelo quien ahora lo recibía con una tierna sonrisa que resaltaba sus sonrojadas mejillas.
-Dorian, mi pequeño niño. –dijo Orsino, sin borrar la sonrisa de su rostro- Por fin has llegado. Ven, acércate.  
-¡Abuelo! –dijo entusiasmado, mientras corría hacia él.
Orsino con gran esfuerzo levantó sus brazos y logró abrazar a su nieto en una pequeña prisión de flores. Las lágrimas volvieron a aparecer en sus ojos, pero esta vez nacientes de un grato sentimiento de dicha. Acto seguido, colocó a su nieto en su regazo y lo motivó a le contará cómo era su vida y todo lo que había hecho hasta entonces. Después, por primera vez desde su cautiverio, Orsino volvió a narrar sus aventuras de cuando era rey, evitando en todo momento mencionar la guerra y explicando de una manera sutil, el porqué se encontraba de aquella manera. Y así transcurrieron las horas, intercambiando historias y sonrisas. Hasta que Dorian recordó que había algo importante que debía hacerle llegar a su abuelo de parte de su padre.
-Abuelo, casi lo olvidaba. –dijo, alzando el pergamino hacia la vista del anciano- Papá te lo envía. Dijo que era muy importante.
-Sebastian. –susurró con gran ilusión- Dorian, ¿podrías extender el pergamino para que pueda leerlo? Como verás, no puedo usar mis manos –dijo mientras señalaba con la cabeza sus raíces.
-¡Por supuesto, abuelo!
El príncipe obedeció y Orsino comenzó a leer la misiva de su hijo. No se contuvo y una solitaria lágrima derramó. Terminó de leer y con profundo pesar expresó:
-Mi niño, el crepúsculo amenaza con comenzar, debes volver a casa antes de que la noche cubra de penumbra el bosque.
-Lo sé, abuelo –respondió- te prometo que volveré y traeré conmigo juegos que tú también puedas jugar y libros para que los leamos juntos.
-¡Eso me parece perfecto! –dijo con sincero entusiasmo- Me gustaría que inventaras juegos nuevos con tus amigos y que leyeras todos esos libros en la noche antes de dormir. Te prometo que yo  estaré escuchándote y observando cuando lo hagas. Y no digas más, Dorian, ya nos volveremos a ver. Y ahora ponte en marcha.
-Hasta pronto abuelo, te quiero –y diciendo eso, le dio un beso en la mejilla y lo abrazó fuertemente, Orsino le besó la frente y lo despidió con una hermosa sonrisa. Dorian bajó de su regazo y se marchó, cubriéndose la cabeza y ondeando su capa roja a caminar. Y observando como su nieto se marchaba dijo con tranquila voz:
-Aunque te olvides de mi, jamás te olvides de vivir.
Fauros que había permanecido oculto en las sombras, salió de su refugio y se detuvo frente a anciano.
-Aún puedes cambiar de parecer- comentó el lobo.
-Basta –replicó Orsino- Cada quien obtendrá lo que merece y desea. Tú, recuperaras tu reino, tus poderes, el amor y la devoción de tus súbditos, sé que gobernaras con justicia y benevolencia, Fauros, amigo mío –una sonrisa ablandó su rostro -Y yo, podré dormir y tener el descanso que tanto he deseado desde hace casi medio siglo –cerró los ojos y manteniendo la sonrisa, concluyó- Es hora.
El lobo hizo una reverencia y con lágrimas que manaban de sus ojos carmesí declaró:
-Siempre te recordaré, Ancestro Orsino, tu memoria y tu historia nunca será olvidada, lo juró.
Fauros retomó su forma animal y se abalanzó sobre el mago, devorando directamente sobre su pecho hasta alcanzar su corazón.
En su último aliento de vida, Orsino el mago, murmuró:
-Sebastian, hijo mío, gracias por perdonarme. –cerró los ojos y dejó que el alma abandonará su cuerpo.
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Sobre el piso se extendía un pergamino manchado con gotas de sangre escarlata y con una hermosa caligrafía se leía:

Amado padre:
Desde aquel último día en que estuvimos juntos, no ha dejado de resonar en mi mente el pesar de la culpa. Tardé años en comprender que tú nunca me abandonaste, hiciste lo que todo buen padre que ama a su familia haría. Te perdono, aunque no haya nada que perdonar. Por favor, perdóname tú a mí.

Te ama, tu hijo.
Sebastian Alagrís


Pd: De ahora en adelante organizaré visitas frecuentes con Camelia, mi esposa, Dorian y yo, por supuesto. Volveremos a ser una familia. Recuperaré el tiempo que por mi necedad, perdí a tu lado.

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