martes, 2 de agosto de 2016

Sangre de luna


La serenidad de la noche se adornaba con listones platinados que emanaba la luna desde su lecho de inmortalidad. La brisa nocturna llevaba consigo el aroma a madera y vegetación que penetraba en cada rincón. El canto modoso del silencio se vio perturbado por el fugaz movimiento de una ágil silueta oscura, casi invisible pero delatada por el sonido silbante provocado por el golpear de su cuerpo contra el viento y el leve danzar de la vegetación que se cruzaba en su pasar. Un murmullo apenas perceptible reino en el silencio:
  -La luna morirá, hasta que la última gota de sangre abandone mi cuerpo.
∫∫ Ω ∫∫
De las sombras una silueta felina se iluminaba y se erguía con parsimonia hasta quedar de pie, un hombre con rasgos salvajes pincelaban su bello rostro, ojos de zafiro intensificados en su profundidad por el contacto con los rayos de plata, su cuerpo elegantemente esculpido y adornado por cicatrices a los costados que formaban un patrón indefinible pero semejaba a las rayas de un felino. Vestido con un taparrabos y una capa que tocaba sus hombros hasta caer a los tobillos, ambos hechos de una piel aterciopelada negra, en su cabeza descansaba una corona conformada por colmillos con una piedra carmesí incrustada en cada uno de ellos.
Su mirada se encontraba perdida en la perla porosa que adornaba el cielo estrellado. Tenía los sentidos agudizados que hasta el leve caer de una hoja lo hacían desenfundar sus instintos. No solo gozaba de sentidos más allá de lo humanamente establecido sino que su esencia misma, era acepción de magnificencia. Hombre y animal armonizaban en un solo cuerpo.
El universo era caprichoso y los que habitaban sus confines eran piezas de un juego manipulado por sus deseos, su destino era inapelable.
Existía un momento en el día donde toda alma viviente sosegaba su actividad instintiva y sucumbía ante el suplicio del sueño, era este el momento cuando a la nostalgia le nublaba la razón y el dolor arribaba a su pecho como espinas desgarrándole el corazón.
Con mirada inquisitiva escrutó a su alrededor y alzando los brazos su voz armoniosa crispo en los aires:
   -¡¿Acaso estoy equivocado al querer detener este juego cruel? Todo pesa sobre mi espalda, la vida no perece en el caos porque mis pies siguen andando, porque mi sangre maldita aún fluye por las venas de su sucio mundo. Si yo lo quisiera, todos podrían dormir con la muerte esta noche.

Es el fin, Orianna

Es el fin, Orianna.
El bosque de los perdidos donde todos aquellos huérfanos de lucidez se reunían entre pesares y desdichas, ignorando en qué momento sus desorientados pies los llevaron hasta aquel decrepito lugar. Todos  eran señores de la tierra y cada quien se creía dueño de cuanto lo rodeaba. Hechiceros errantes, humanos abandonados de voluntad, todos frívolos y desatendidos  de los demás, llegaron ciegos a este lugar, cargando consigo aquellos defectos que los condenaron a la soledad y a la muerte espiritual en sus mundos.
Aurelion, un hechicero con casi tres siglos de lunas transcurridas, se había acostumbrado a una vida dichosa y de resignación constante. En su tierra natal,  Rozenheim había sido reconocido, respetado y temido por consumir la vida de todo ser viviente que permaneciera en su cercanía, hasta arrebatarles la existencia. Sin embargo, había sido un huraño ególatra, que gozaba con ver el horror dibujarse en la cara de las personas, por lo que no le importaba a relacionarse con ellos, sino verlos de vez en cuando para saludarlos con la mano de la muerte. El poder que creía poseer, consumió su voluntad hasta que llego al Bosque de los perdidos, donde una nueva horda de súbditos estaba dispuesta ante él.
A los pocos días de su aparición en aquel lúgubre lugar, Aurelion había conseguido un hogar, arrebatándoselo a su antiguo poseedor, estaba instalado y se preparaba para hacer su presentación ante sus nuevos siervos, sin embargo, al encontrarse con aquella muchedumbre, un hombre vestido con ropas raídas que en su tiempo, sin duda, habían sido lujosas, se postró enfrenté y gritó:
-Lacayo, prepara los corceles, -ladró. Y con impaciencia marcada en su rostro continuó- tu señor se desespera, incompetente.
Aurelion con el rostro rojo de ira se plantó en medio de los deambulantes y proclamó:
-¡Ciegos, ignorantes, desvergonzados!, Yo soy su único rey, dueño del piso donde ustedes, ahora, plantan sus sucias humanidades.  Mi llegada ha demorado, pero eso no les da derecho de tratarme como su igual.
Aquellos perdidos, al verse insultados y heridos en su orgullo señorial, armaron una trifulca violenta en contra de aquel farsante que se autoproclamaba rey. Puños, insultos y arañazos volaron por los aires, hasta que los heridos y furiosos soberanos se sintieron victoriosos y tomaron por medallas los ojos del mago que fueron desprendidos de su rostro.
 Al décimo día de la tragedia, Aurelion se encontró con un joven humano quien al sentirse conmovido por la desdicha de aquel hombre ciego decidió cuidar de él. Al poco tiempo de su convivencia juntos, un lazo de amor apareció entre los dos, el mago adoptó como hijo a aquel indulgente muchacho que tanta docilidad mostraba con su nuevo padre. Meses de tranquilidad y cariño transcurrieron, y el corazón egoísta del anciano se iluminó y su salud mejoraba considerablemente, creyendo que era la compañía de Cleb lo que fortalecía su condición; pero al mismo tiempo que Aurelion mejoraba, su hijo enfermaba y su vida palidecía con el pasar de los días. El hechicero había estado consumiendo la  vitalidad  de su adorado hijo hasta que murió. Por noches enteras Aurelion lloró la pérdida de su única familia, el amor lo había convertido en un padre sentimental pero en su conciencia cargaba con la culpa de haber sido el culpable del agónico desenlace de su hijo.
Cuando la ola de energía y juventud recorrió sus vetustos huesos la primera vez que abrazó a Caleb, no pudo detenerse. A fin de cuentas, el era el pilar del bosque, todos eran sus hijos y su familia vivía para servirle. No había nada que lamentar, las cosas así tenían que ser.
Aurelion, señor de los perdidos, había comenzado a ser la pesadilla oculta de los jóvenes avaros e ilusos que de manera impertinente accedían a vivir con él, creyendo que al estar con alguien tan poderoso y temido, los haría acreedores de sus riquezas acumuladas cuando el muriera, no obstante, ese día jamás llegaba. En el primer momento en que cada nuevo hijo del poderoso hechicero ponía un pie en su hogar, jamás volvía a poner otro afuera. El amoroso y egoísta padre los condenaba a la parte más oscura de su corazón. Aurelion los amaba, les ofrecía tanto cuanto deseaban pero el alba nacía y el crepúsculo moría, y aquellos ojos ilusionados se sumían en un creciente letargo. En el más avanzado ocaso de aquellas almas, los lamentos de sus hijos eran desgarradores, llantos que arañaban la perturbada conciencia,  suplicas que martillaban el corazón eclipsado. Aquellos últimos días eran un infierno, la vida se tornaba insoportable y la desesperación convulsionaba sus pensamientos al saber que ni con todo el amor del que disponía, sería suficiente para salvarlos. Así tenía que ser.
Desconocía el día y quién fue el hijo que marcó la divergencia entre la decadencia y la tranquilidad. Sus oídos se habían vuelto sordos al sufrimiento, ignoraba que había sido él mismo, quien decidió amurallar su alma en ruinas. No podía ver cuando los marchitos cuerpos se desplomaban al abismo y era incapaz de escuchar los ruegos y lamentos que se ahogaban en el dolor.
-Orianna, hija, necesito que tomes mi mano –solicitó Aurelion en un murmullo- tu enfermo padre desea que lo revivas con tu compañía.
Pero solo un débil crujido obtuvo por respuesta. Lagrimas escaparon de sus cuencas vacías, ya no lo soportaba, Orianna se había vuelto distante y fría  desde hace varios días. ¿Acaso ya no lo amaba? ¿Por qué ella también tenía que ser una mal agradecida como todos sus demás bastardos? Siempre era lo mismo, nunca era suficiente, tenían amor, riquezas, comodidad ¿por qué demonios siempre lo abandonaban cuando lo único que él quería era no sentir la soledad?  
-¡Orianna! –demandó el mago –¡te ordenó que vengas¡ Estoy cansado de tu rebeldía y de que te hagas la desatendida –Aurelion se paró de su asiento y comenzó a caminar por la casa, hasta que tropezó con un bulto en medio de la estancia- ¡Orianna, ha sido suficiente!, levántate y deja de ignorarme.
Su voz se quebraba con cada palabra que pronunciaba, no soportaba que lo ignoraran, él entregaba su corazón por amor, no merecía que se mostrarán indiferentes ante él, no pedía mucho, solo un poco de atención y cariño.
-¡Orianna! -la desesperación se apoderaba de sus movimientos, su rostro se había deformado en un gesto de odio y dolor. Derramándose en caudales de tristeza, las lágrimas surcaban todo el rostro, su cuerpo estaba empapado por agua salada que se escapaba de sus poros- No me obligues a ponerte una mano encima, pequeña insolente –pero sus manos ya actuaban por impulso,  jaloneaba con tosquedad los huesudos miembros del cadáver, ya no se detenía, estaba ofuscado por el suplicio y la brutalidad cesó hasta dejar un bulto irreconocible en el suelo.
-Me rindo, Orianna, puedes irte si quieres. No te detendré –se volteó repentinamente y un gesto de angustia deformó sus facciones -¡Espera, no te vayas hija! –gritó- No quiero estar solo, mi cuerpo es fuerte pero mi corazón es viejo y está cansado, no soporto más dolor- pero Orianna no contestaba- solo te pido un último abrazo, ya no quiero amar y ser abandonado, no deseo más hijos si con todos debo pasar por lo mismo –la voz del anciano se apagaba, pero un brillo sádico en sus ojos iluminó y suavizó su rostro - ¿No te irás Orianna? Está bien, te dejaré sola si es lo que necesitas, yo ya te he perdonado.
Pero Aurelion sabía que Orianna no lo perdonaría, que su hija nunca volvería, solo ignoraba la realidad. Sin embargo, era verdad lo que había dicho, su corazón era viejo y desde hace mucho que había descuidado su reino, seguramente alguien más había tomado su lugar allá afuera, aunque desde hace años que eso no le importaba, el vivía para sus hijos, nada más le importaba. Él sabía qué hacer. Los árboles, incluso los más fuertes, un día tendrían que caer.
-Es el fin Orianna. -dijo Aurelion con un tranquilo y resignado suspiro-  Solo quiero que sepas, que yo siempre te amaré, eres mi hija, al igual que todos tus hermanos aún y después de que se marcharon para nunca volver, los llevo siempre en mi viejo corazón, mi alma está tranquila porque de mi sólo tuvieron amor.
Yesenia Coello