Un
lastimero aullido rasgó el velo de silencio que cubría la noche, tan agónico
que parecía contener todas las tristezas y desdichadas de las criaturas del
mundo. Dorian dirigió la mirada hacia el punto de donde provenía el lúgubre lamento.
Cada
noche el pequeño príncipe se posaba ante su ventana y observaba meditabundo el
umbrío bosque de hojas escarlata y flores como estrellas de fuego que se
extendía sobre el horizonte, perdía su mirada en el centro de este lugar,
creyendo con infante inocencia que justo allí, yacía el héroe de sus historias,
el abuelo que añoraba conocer y abrazar, aquel de cuyo nombre había quedado
borrado de la boca de su padre y que de manera injustificada, estaba prohibido
pronunciar. Intentaba imaginarse lo que hacía en ese momento, ¿quién le hacía
compañía?, ¿con quién hablaba?, ¿acaso su abuelo pensaba en su nieto, como
Dorian pensaba en él cada noche y cada vez que miraba al bosque? Pero estos
pensamientos se veían bruscamente interrumpidos cuando un desapacible aullido
estremecía los arboles por su inmenso dolor y erizaba la piel de Dorian. Los
escuchaba en las noches de manera inesperada y con profundo pesar, porque no
podía imaginarse a una criatura con un sufrimiento tan grande que lo obligará a
lamentarse de aquella manera. Deseaba encontrarlo, ser su amigo y jurarle que
nunca estaría solo, pedirle que dejará de llorar, porque cada lagrima que el
derramaba rompía de a poco el corazón de Dorian. Pero eso no era posible, no
podía conocer a su abuelo ni ser amigo del lobo porque no podía ir más allá de
los límites del castillo, estaba estrictamente prohibido por el rey, y nadie se
atrevía a desafiar su autoridad.
Dorian
era un niño de 12 años, de inocente semblante, piel blanquecina, ojos avellana
engarzados en un rostro infantil, hermosamente cincelado y con oscuros mechones
de cabello que caían y ondulaban sobre su cabeza. Era hijo único de Sebastian
Alagrís, rey de Valthara, hombre grande y de porte noble, tenía un rostro de
expresiones ásperas enmarcadas con una barba castaña y una brillante corona que
posaba sobre sus cabellos, tenía los ojos y facciones de su hijo, aunque
envejecido por varias décadas más, era estricto y justo con sus soberanos y de
inexorable carácter, aunque en realidad era un hombre dulce y buen padre. Camelia,
su madre, una mujer modosa y cariñosa, con un rostro delicado, de ojos grandes
oscuros y profundos como una noche sin estrellas, mismo color de sus largos
cabellos; tenía unas largas manos con las que acariciaba el cabello de su hijo
mientras le contaba historias, y su favorita entre todas estas era la del rey
Orsino Alagrís, su abuelo, de cómo éste en una hazaña heroica por salvar al pueblo
y de vencer a aquella bestia incontrolable e infernal, perdió la vida. Los
sobrevivientes de aquel triste y memorable día, contaban esta historia
envalentonada con sus propias impresiones y melancólicos sentimientos, según
hubiera sido su papel en el campo de batalla, por lo tanto, la historia se
había deformado un tanto, de boca en boca a pesar de que había ocurrido hace
poco más de 40 años.
La
verdadera historia era, la que Thalion, le contó a su sobrino Sebastian cuando cumplió
sus 12 años de edad, mismo día en que fue coronado como nuevo soberano de
Valthara, debido a la ausencia del antiguo rey.
Ese
día, para amainar el desconsuelo que sentía Sebastian por el abandono de su
padre, su tío Thalion contó, sobre la amistad que Fauros el ancestro protector
del bosque y Orsino su progenitor, habían entablado desde que éste era apenas
un joven erudito que se había adentrado en el arte de la magia ; de la pelea
que lucharon juntos cubriéndose la espalda mutuamente; y del triste desenlace
que ambos tuvieron, aunque contradiciendo los relatos que se rumoreaban en las
calles de la ciudad, ninguno de los dos había muerto.
Y
esto último lo sabía Dorian de boca de su madre, sabía que su abuelo era un
mago, que había dejado a su amigo el ancestro, desamparado después de
derrotarlo y ahora, conocía la razón del porqué su padre desde aquel día, guardaba un profundo
recelo con aquel hombre que lo abandono.
●◊◊◊⃝◊◊◊●
Así
pues, pasaban los días, las estaciones nacían y llegaban a su fin. Y Dorian
cumplió doce otoños de edad. Al fin había llegado el día que Camelia y
Sebastian esperaban con fría emoción y preocupación aciaga. El pequeño príncipe
tenía derecho de conocer a su abuelo, sus padres notaban el ensimismamiento y
la tristeza que se reflejaba en los ojos de su hijo cada vez que miraba hacia el bosque.
●◊◊◊⃝◊◊◊●
Un
buen día, cuando el alba ya se había asentado en el cielo dorado que envolvía a
Valthara, la familia Alagrís caminaba hacía los límites entre el castillo y el
bosque escarlata, Sebastian marcaba el paso mientras
que Camelia y su hijo, tomados de la mano lo seguían en silencio. Una sonrisa
agraciaba el bello rostro de Dorian, sabía lo que estaba a punto de acontecer,
todo tipo de emociones emergían desde el profundo deseo que albergaba con ilusión;
esperaba aquel día como regalo prometido, desde que supo de la vida de su
relegado abuelo y ahora no existía quien pudiera eclipsarle aquella desmesurada
alegría. Los tres llegaron a su destino, Camelia se arrodillo frente a su hijo,
le tomo ambas manos entre las suya y con apacible felicidad le dijo:
-Cariño,
siempre tuviste el derecho de conocer a tu abuelo, tu padre y yo no podíamos
ignorar su deseo.
-¿Él
también quiere conocerme? ¡¿Me está esperando ahora?! –preguntó Dorian soltándose
de las manos de su madre, sin disimular el fervor con que ahogaba sus palabras.
-Sí,
hijo. –contestó su padre acercándose al pequeño príncipe, mientras posaba una
mano en su hombro –Es por eso que ahora nos encontramos aquí.
Dorian
asintió vehemente, paseando la mirada de su padre hasta su madre.
-Desde
hace muchos años que el bosque no es un lugar seguro para los humanos –dijo
Sebastian con voz severa, dando un paso hacía el bosque- toda criatura que allí
habita, ataca a quien desconocen como uno de los suyos. Desde aquel día… -se
detuvo repentinamente y se mordió el labio inferior- Algunos le llaman el
infierno escarlata, nadie ha osado poner un pie más allá de los límites
permitidos, aquel que entra es indiscriminadamente devorado por los animales.
Dorian
ahogó un grito de terror y en su lugar, un gemido de asombro salió de su boca.
-Pero…
¿yo no iré solo verdad?- trastabilló el pequeño príncipe.
-No
estarás solo hijo –contestó la madre- tu abuelo sabe que hoy irás, una parte de
su espíritu te protegerá de quien quiera lastimarte, y te estará guiando
durante tu travesía, como si el mismo te llevara de la mano.
-Sin
embargo hay algo que es indiscutible que lleves –dijo el rey haciéndole una
señal con la cabeza a su reina.
-Las
criaturas del bosque no se verán amenazadas si te ven como uno de los suyos -La
madre de Dorian sacó de la bolsa de cuero que llevaba en la mano, una larga
capa de un profundo rojo escarlata, poniéndosela sobre los hombros a su hijo.
Camelia dio un paso atrás y con voz
firme continuó- Todo ser viviente en ese bosque se ha teñido de rojo escarlata
por toda la sangre que un día se derramo entre sus plantas, arboles y flores;
los animales, tienen sus pelajes, pieles y escamas bañadas por los sangrientos
recuerdos que no han podido dormir en sus mentes. Para ellos, aquel manto rojo
que les abriga es un cruel recordatorio de la confianza que nunca debieron
otorgarle a los humanos. Ni siquiera tu abuelo Orsino que vive como pilar del
bosque, logró cambiar eso, a pesar de que gracias a su sacrificio ellos siguen
existiendo.
-Hazme
el favor y entrega esto a tu abuelo –el rey le entregó un pergamino enrollado y
sellado con el emblema de la familia –es realmente muy importante que él lo
reciba.
-Te
prometo que llegará hasta sus manos –miró fijamente a su padre mientras este
asentía con la cabeza.
-¡Nunca
vaciles tus pasos hijo, aunque te vean como uno de ellos, jamás te aceptarán!
–exclamó Sebastian mientras le cubría la cabeza a Dorian con la capucha de su
capa escarlata –Mira siempre hacia delante y no ensombrezcas tu camino con las
dudas. Recuerda que la ceguera es no saber qué camino elegir, tú tienes un objetivo, deja que sus corazones
tejan el lazo hasta unirse. No hagas caso de las voces que intenten entorpecer
tus pasos.
-Seré
cauteloso, les prometo que regresaré con bien, confíen en mi –decía mientras
abrazaba a sus padres.
-En
ti confiamos. Bienaventurado sea tu viaje –zanjó Sebastian mientras miraba a su
hijo adentrarse en el hermoso infierno escarlata.
●◊◊◊⃝◊◊◊●
El bramar del viento armonizaba con los suaves
cantares de las aves que por allí volaban, el crujir de las hojas secas debajo
de los pies de Dorian le tranquilizaban y
daban ritmo a su caminar.
Un
aullido estremecedor golpeo el viento y lo hizo callar. El príncipe se detuvo
al oírlo, alzó la vista al cielo y cerró los ojos como si de esta manera
pudiera escucharlo mejor. Inmediatamente comprendió que no era el aullido de un
lobo cualquiera, era el mismo lamentable aullido que escuchaba cada noche, pero
esta vez más sosegado. Sabía que era un intruso en ese territorio y aquel
lamento podría ser también una advertencia. Pero las palabras de su padre resonaban
en su mente y no permitiría que nada lo hiciera volver sobre sus pasos. Y con
este pensamiento, reanudo su camino.
Una
profunda intuición le alertaba la presencia de algo asechándolo, en su interior
sabía que un encuentro cara a cara era inevitable, pero en su semblante no se
atisbaba ni un rastro de temor.
Y
finalmente el lobo embistió al príncipe, mostró sus afilados colmillos, un
áspero gruñido se escuchó y en ese mismo momento el lobo que había llegado
hasta ahí con el caminar de un animal, ahora se erguía sobre sus patas traseras
tomando una forma humanoide. Dorian reaccionó con calma, esperando a que su
insólito visitante terminara su estrambótica transformación. El lobo miró
directamente al niño con sus llameantes ojos carmesí, se acercó hacía él y con
una garra tomó su barbilla alzando su cara hasta que las miradas se
encontraron.
-Señor
lobo. –saludó Dorian acompañado de una leve inclinación de cabeza- Soy Dorian
Alagrís, hijo de Sebastian Alagrís, rey de Valthara.
-Oh
vaya, un príncipe –espetó, levantando una ceja- Me llamó Fauros. Es un honor
–se presentó, haciendo una teatral reverencia. Su voz era suave y profunda, su
hocico achatado destilaba un olor ferroso y dibujaba una tétrica sonrisa. Sus
ojos eran rubíes brillantes que reflejaban serenidad y un profundo cansancio,
era dos veces más alto que el niño, su famélico cuerpo estaba cubierto por un encrespado
pelaje gris y unas desgastadas garras estaban incrustadas en sus patas.
-¿Y
qué hace su realeza caminando por estas olvidadas tierras? –preguntó Fauros.
-Iré
a visitar a Orsino, mi abuelo. Y también le llevaré este pergamino, que es un
mensaje muy importante que mi padre
quiere darle.
-Ya
veo, así que eres nieto del anciano… -se extrañó Fauros- Ahora comprendo porque
nuestros caminos se han cruzado.
-Entonces
¿no me estabas persiguiendo desde que entre al bosque? –preguntó Dorian.
-Verás,
es la primera vez que veo a un humano adentrarse tanto en el bosque escarlata,
normalmente aquellos que valiente y estúpidamente deciden venir, no suelen
llegar muy lejos antes de que…
desaparezcan de una manera no muy agradable. Pero tú… –El lobo levantó una pata
intentando tocar algo invisible que rodeaba al pequeño- Puedo percibir algo muy
fuerte que emana de ti, un olor muy familiar, parecido al de tu abuelo –un
gesto de tristeza se plasmo en su boca- Y fue eso mismo que me llevó a querer
encontrarte, esa energía toma la forma de un lazo que es invisible para todos
excepto para mi, curiosamente y para ti que puedes sentirla y que ahora te
sirve de guía para llegar hasta él.
-¿Conoces
a mi abuelo? –preguntó Dorian.
-Somos
muy buenos amigos –mintió con seguridad el lobo- Pero bueno, pequeño príncipe,
no te retraso más, aún tienes un buen tramo que caminar antes de encontrarte
con Orsino.
-¿Te
volveré a ver? –quiso saber el príncipe- Te he escuchado llorar muchas noches y
… -Dorian se sonrojó y agachó la cabeza al percatarse de lo osado que había
sido esa confesión- Lo siento, pero me gustaría ser tu amigo, espero volverte a
ver y ahora más sabiendo que eres amigo de mi abuelo –terminó, recobrando la
compostura.
-Claro,
te prometo que pronto nos volveremos a ver –respondió con disimulado
desconcierto.
Y
de esta manera se despidieron, Dorian continuo caminando con un renovado
entusiasmo, mientras que Fauros esperó a que el pequeño se perdiera de su vista
para tomar un atajo hacía la casa del mago Orsino.
●◊◊◊⃝◊◊◊●
Desde
aquel trágico incidente de la guerra, la vida de Fauros había dado un vuelco
irreversible. El majestuoso y venerable Ancestro había sido derrotado por su
mejor amigo y éste, en un acto de despectivo despreció, condenó a la mágica
criatura a ser un zarrapastroso perro, había perdido los colores que antes
ostentaba en su forma animal y ahora era de un triste color gris, sus poderes
se habían ido por completo y por lo tanto, jamás pudo convertirse en humano
otra vez, ahora, su intento se limitaba en transformarse en un lobo parlante,
sostenido en dos patas y con una lamentable y bestial figura.
Cada
noche, el blanco platinado de la luna y el profundo oscuro del cielo, le
recordaban el color que su pelaje tuvo cuando era un ser milenario, y benévolo
con quienes lo amaban. Pero ya nada quedaba de eso, aquellos que alguna vez lo
veneraron, lo comenzaron a ver con vergüenza, decepción, desdén; y con el
tiempo aprendieron a ignorarlo y finalmente, a olvidarlo por completo. Fauros
nunca había existido para ellos.
Si
bien lo había perdido casi todo, existía algo que aún moraba en su agotado
corazón, y era el gran amor que sentía hacía su bosque. Pero estos latentes
sentimientos de añoranza, unidos con la desdicha del hambre y la deshonra, lo
hacían despojarse de aullidos cargados de miedo, tristeza, dolor y odio.
Había
pues, una manera en la que Fauros podría recuperar sus poderes y su bosque,
pero para esto tenía que encontrarse frente a Orsino y nunca había podido
lograrlo porque la casa donde habitaba el anciano, estaba cubierta por una
barrera mágica que la hacía invisible e indetectable para los sentidos del
Ancestro. No obstante, ese día sería la excepción, el confiado príncipe le
mostraría el camino hasta su liberación, y para eso no necesitaba más que
adelantarse y llegar antes de que el rastro desapareciera.
Y
así, el legendario Ancestro se encontraba ahora frente a la puerta de su
destino. Miro sus ásperas patas y con determinación rozó con sus dedos la
invisible superficie. Sin previo aviso, un descomunal y viejo árbol se alzaba
frente a él, las fuertes raíces arañaban la tierra aferrándose para no salir
por completo a la superficie, enredaderas de flores rojas abrazaban fuertemente
al tronco, mientras que frondosos mantos de verdes hojas adornaba la superficie,
y que desde la posición del lobo, pareciera perforar los cielos.
Una
grieta se dejó entrever frente a Fauros, tomó en cada una de sus patas
delanteras un extremo de la brecha, y haciendo uso de su limitada fuerza, las
separó creando una abertura exacta para pasar su escuálido cuerpo.
Un
golpe de dolor le censuró los sentidos, obligándolo a caer de rodillas frente
la imagen que se levantaba ante él. Orsino estaba postrado en un trono forjado
por fuertes raíces y pequeñas flores escarlata lo ataviaban. Sus extremidades
habían dejado de ser humanas; sus dedos
eran ramas que se extendían y se perdían entre el ramaje de su trono, de sus
pies emergían gruesas raíces que penetraban el suelo; su piel estaba pálida y envejecida,
tenía un rostro sabio, vetusto y anacrónico, que resaltaba por una inacabable
barba lechosa que caía por todo su cuerpo hasta perderse entre la ramificación.
Su cuerpo estaba cubierto por una desgastada túnica de un negro profundo, y un
medallón con el emblema de la familia real, ornamentaba su pecho, aunque
opacado por las décadas.
-Fauros
– una voz atronadora y etérea emergió de los agrietados labios del mago.
El
lobo ancestral se recuperó y se puso de pie, su corazón le latía fuerte y una
amalgama de emociones le asedió por completo cuando su viejo amigo abrió los
ojos, que eran esmeraldas oscurecidas por los años. El escuchar pronunciar su
nombre en voz tan amada, le destrozó completamente, y pequeños cristales
líquidos le brotaron de los ojos.
-Amigo
mío –alcanzó a decir Fauros con voz trémula- Nunca creí que el volver a verte
me haría despojarme de todas mis egoístas intenciones.
-Sé
a lo que has venido, me imaginaba con seguridad, que nunca te dejarías morir
antes de intentar tu última proeza para recuperar tu vida.
-Entonces
sabes que debo robarte la vida de la cual, tú un día me despojaste. –confesó
con tristeza el lobo- Pero mi determinación ha flaqueado. Pensaba que solo
mataría al anciano que me maldijo un día, pero ahora, he comprendido que
asesinarte sería aniquilar el corazón del bosque.
-Mi
condición significa que el bosque me ha consumido. –explicó Orsino- Yo solo era
un humano sin magia suficiente para mantener con vida a todo este lugar. Tuve
que entregar hasta el último grano de vida y de humanidad que en mi quedaba
como ofrenda.
-Pero
vives rodeado de miles de almas que se postran a tus pies –protestó el
Ancestro- eso debería de significar algo para ti.
-Tú
fuiste libre y amado durante tu imperio, yo soy solo un esclavo de la soledad.
–dijo el anciano con recelo- Las criaturas me respetan pero no sienten amor
hacía mi. Al inicio mis acciones fueron justificadas pero ahora, nada de esto
tiene sentido, estoy cansado y he perdido demasiado.
Fauros
estaba ofuscado y conmovido. El encuentro le había hecho olvidarse que el
príncipe de la capa escarlata venía en camino. Debía de actuar pronto, pero sus
pensamientos estaban sofocados y era incapaz de tomar una decisión en ese
estado.
-Yo
viviré a tu lado de ahora en adelante –dijo ilusionado el lobo- En este lugar
mi cuerpo se ha olvidado del dolor y tu olvidarás la fría soledad. Ninguno de
los dos tiene que morir…
-¡Devórame
ahora! –gritó excitado Orsino- ¡Culmina tu cometido en este momento, ármate de
valor y libérame de este destino que no me correspondía!
Un
inmenso golpe de dolor le cortó la respiración a Fauros, sus oídos no daban
crédito a la petición de su amigo. Todo parecía ser producto de una despiadada
pesadilla. Pero en su corazón, que palpitaba por un desmesurado amor hacia
aquel humano, yacía la decisión correcta para aquella desdichada criatura que sufría
tanto o más que el.
-¡No
lo haré! –exclamó- No mientras tu nieto viene hacia acá con la ilusión de
conocerte, nunca me perdonaría que en vez de eso, encontrará tu cuerpo sin vida
e inerte.
Mi
nieto… –repitió con voz entrecortada mientras las lágrimas se aglomeraban en
sus ojos esmeralda y rodaban incontrolables sobre sus mejillas- Bien, hazlo
después de que él se marche. –concluyó agachando la cabeza.
-Que
así sea- respondió, mientras que con la mirada baja y una mano sobre el corazón
se hincaba sobre su rodilla en pos de respeto.
●◊◊◊⃝◊◊◊●
Dorian
se detuvo frente al gran árbol, sus pies lo habían llevado hasta ese lugar
donde no se divisaba otro camino. Localizó la brecha que el lobo había dejado
con anterioridad y se dispuso a entrar hacía el interior del tronco.
El
pequeño príncipe se detuvo de repente, frente a él estaba su abuelo quien ahora
lo recibía con una tierna sonrisa que resaltaba sus sonrojadas mejillas.
-Dorian,
mi pequeño niño. –dijo Orsino, sin borrar la sonrisa de su rostro- Por fin has
llegado. Ven, acércate.
-¡Abuelo!
–dijo entusiasmado, mientras corría hacia él.
Orsino
con gran esfuerzo levantó sus brazos y logró abrazar a su nieto en una pequeña
prisión de flores. Las lágrimas volvieron a aparecer en sus ojos, pero esta vez
nacientes de un grato sentimiento de dicha. Acto seguido, colocó a su nieto en
su regazo y lo motivó a le contará cómo era su vida y todo lo que había hecho
hasta entonces. Después, por primera vez desde su cautiverio, Orsino volvió a
narrar sus aventuras de cuando era rey, evitando en todo momento mencionar la
guerra y explicando de una manera sutil, el porqué se encontraba de aquella
manera. Y así transcurrieron las horas, intercambiando historias y sonrisas. Hasta
que Dorian recordó que había algo importante que debía hacerle llegar a su
abuelo de parte de su padre.
-Abuelo,
casi lo olvidaba. –dijo, alzando el pergamino hacia la vista del anciano- Papá
te lo envía. Dijo que era muy importante.
-Sebastian.
–susurró con gran ilusión- Dorian, ¿podrías extender el pergamino para que
pueda leerlo? Como verás, no puedo usar mis manos –dijo mientras señalaba con
la cabeza sus raíces.
-¡Por
supuesto, abuelo!
El
príncipe obedeció y Orsino comenzó a leer la misiva de su hijo. No se contuvo y
una solitaria lágrima derramó. Terminó de leer y con profundo pesar expresó:
-Mi
niño, el crepúsculo amenaza con comenzar, debes volver a casa antes de que la
noche cubra de penumbra el bosque.
-Lo
sé, abuelo –respondió- te prometo que volveré y traeré conmigo juegos que tú también
puedas jugar y libros para que los leamos juntos.
-¡Eso
me parece perfecto! –dijo con sincero entusiasmo- Me gustaría que inventaras
juegos nuevos con tus amigos y que leyeras todos esos libros en la noche antes
de dormir. Te prometo que yo estaré
escuchándote y observando cuando lo hagas. Y no digas más, Dorian, ya nos
volveremos a ver. Y ahora ponte en marcha.
-Hasta
pronto abuelo, te quiero –y diciendo eso, le dio un beso en la mejilla y lo
abrazó fuertemente, Orsino le besó la frente y lo despidió con una hermosa
sonrisa. Dorian bajó de su regazo y se marchó, cubriéndose la cabeza y ondeando
su capa roja a caminar. Y observando como su nieto se marchaba dijo con
tranquila voz:
-Aunque
te olvides de mi, jamás te olvides de vivir.
Fauros
que había permanecido oculto en las sombras, salió de su refugio y se detuvo
frente a anciano.
-Aún
puedes cambiar de parecer- comentó el lobo.
-Basta
–replicó Orsino- Cada quien obtendrá lo que merece y desea. Tú, recuperaras tu
reino, tus poderes, el amor y la devoción de tus súbditos, sé que gobernaras
con justicia y benevolencia, Fauros, amigo mío –una sonrisa ablandó su rostro -Y
yo, podré dormir y tener el descanso que tanto he deseado desde hace casi medio
siglo –cerró los ojos y manteniendo la sonrisa, concluyó- Es hora.
El
lobo hizo una reverencia y con lágrimas que manaban de sus ojos carmesí declaró:
-Siempre
te recordaré, Ancestro Orsino, tu memoria y tu historia nunca será olvidada, lo
juró.
Fauros
retomó su forma animal y se abalanzó sobre el mago, devorando directamente
sobre su pecho hasta alcanzar su corazón.
En
su último aliento de vida, Orsino el mago, murmuró:
-Sebastian,
hijo mío, gracias por perdonarme. –cerró los ojos y dejó que el alma abandonará
su cuerpo.
●◊◊◊⃝◊◊◊●
Sobre
el piso se extendía un pergamino manchado con gotas de sangre escarlata y con
una hermosa caligrafía se leía:
Amado padre:
Desde
aquel último día en que estuvimos juntos, no ha dejado de resonar en mi mente
el pesar de la culpa. Tardé años en comprender que tú nunca me abandonaste,
hiciste lo que todo buen padre que ama a su familia haría. Te perdono, aunque
no haya nada que perdonar. Por favor, perdóname tú a mí.
Te ama, tu hijo.
Sebastian Alagrís
Pd:
De ahora en adelante organizaré visitas frecuentes con Camelia, mi esposa,
Dorian y yo, por supuesto. Volveremos a ser una familia. Recuperaré el tiempo
que por mi necedad, perdí a tu lado.