domingo, 14 de mayo de 2017

Alas

- ¿Cuánto tiempo falta, Alanna?
-Todos los días preguntas lo mismo Allen.
-Pues todos los días aborrezco está vida -renegó Allen con los ojos clavados en las grietas y en las gotas que caían acompasadas del techo de la vieja casucha donde se hospedaban. Afuera, el viento obligaba que la podrida madera gruñera sin descanso día y noche, anunciando que la tormenta no se había marchado por completo, cuatro días de interminables lluvias, estaban acabando con su cordura.
-La paciencia es una virtud -replicó Alanna torciendo su sonrisa en una mueca de tristeza- Además, aunque quisiéramos, no tenemos a dónde ir y sin provisiones suficientes moriremos de hambre o de frío, si el invierno nos alcanza.
-No necesitamos mucho, solo unas cuantas monedas para los primeros días y cuando lleguemos a un pueblo… ¡auch! -se quejó el chico de forma sonora, dirigiendo la vista a la curación que Alanna le realizaba en la profunda cortada de su brazo.
-Llegar a otro pueblo, ¿para qué? -cuestionó la bella niña sin perder concentración en su labor- No importa a dónde vayas, no podrás poner ni un pie dentro cuando alguien te reconozca y quiera matarte. Ese hombre pudo haberte cortado el brazo entero o… -la voz se le quebró y los sollozos inundaron la pequeña y húmeda habitación.


Una lágrima recorrió el sucio rostro de Allen, él también tenía miedo a morir, siempre había tenido miedo: a la oscuridad, a las personas que lo rodeaban, a los insectos que revoloteaban cerca de su cabeza, a los animales que asechaban en el bosque cuando lo cruzaban al anochecer, a los hombres que lo amenazaban con armas o se enzarzaban contra él cuando les robaba, perder algún día a Allana por su cobardía, pero, sobre todo, le temía a su padre. 

martes, 2 de agosto de 2016

Sangre de luna


La serenidad de la noche se adornaba con listones platinados que emanaba la luna desde su lecho de inmortalidad. La brisa nocturna llevaba consigo el aroma a madera y vegetación que penetraba en cada rincón. El canto modoso del silencio se vio perturbado por el fugaz movimiento de una ágil silueta oscura, casi invisible pero delatada por el sonido silbante provocado por el golpear de su cuerpo contra el viento y el leve danzar de la vegetación que se cruzaba en su pasar. Un murmullo apenas perceptible reino en el silencio:
  -La luna morirá, hasta que la última gota de sangre abandone mi cuerpo.
∫∫ Ω ∫∫
De las sombras una silueta felina se iluminaba y se erguía con parsimonia hasta quedar de pie, un hombre con rasgos salvajes pincelaban su bello rostro, ojos de zafiro intensificados en su profundidad por el contacto con los rayos de plata, su cuerpo elegantemente esculpido y adornado por cicatrices a los costados que formaban un patrón indefinible pero semejaba a las rayas de un felino. Vestido con un taparrabos y una capa que tocaba sus hombros hasta caer a los tobillos, ambos hechos de una piel aterciopelada negra, en su cabeza descansaba una corona conformada por colmillos con una piedra carmesí incrustada en cada uno de ellos.
Su mirada se encontraba perdida en la perla porosa que adornaba el cielo estrellado. Tenía los sentidos agudizados que hasta el leve caer de una hoja lo hacían desenfundar sus instintos. No solo gozaba de sentidos más allá de lo humanamente establecido sino que su esencia misma, era acepción de magnificencia. Hombre y animal armonizaban en un solo cuerpo.
El universo era caprichoso y los que habitaban sus confines eran piezas de un juego manipulado por sus deseos, su destino era inapelable.
Existía un momento en el día donde toda alma viviente sosegaba su actividad instintiva y sucumbía ante el suplicio del sueño, era este el momento cuando a la nostalgia le nublaba la razón y el dolor arribaba a su pecho como espinas desgarrándole el corazón.
Con mirada inquisitiva escrutó a su alrededor y alzando los brazos su voz armoniosa crispo en los aires:
   -¡¿Acaso estoy equivocado al querer detener este juego cruel? Todo pesa sobre mi espalda, la vida no perece en el caos porque mis pies siguen andando, porque mi sangre maldita aún fluye por las venas de su sucio mundo. Si yo lo quisiera, todos podrían dormir con la muerte esta noche.

Es el fin, Orianna

Es el fin, Orianna.
El bosque de los perdidos donde todos aquellos huérfanos de lucidez se reunían entre pesares y desdichas, ignorando en qué momento sus desorientados pies los llevaron hasta aquel decrepito lugar. Todos  eran señores de la tierra y cada quien se creía dueño de cuanto lo rodeaba. Hechiceros errantes, humanos abandonados de voluntad, todos frívolos y desatendidos  de los demás, llegaron ciegos a este lugar, cargando consigo aquellos defectos que los condenaron a la soledad y a la muerte espiritual en sus mundos.
Aurelion, un hechicero con casi tres siglos de lunas transcurridas, se había acostumbrado a una vida dichosa y de resignación constante. En su tierra natal,  Rozenheim había sido reconocido, respetado y temido por consumir la vida de todo ser viviente que permaneciera en su cercanía, hasta arrebatarles la existencia. Sin embargo, había sido un huraño ególatra, que gozaba con ver el horror dibujarse en la cara de las personas, por lo que no le importaba a relacionarse con ellos, sino verlos de vez en cuando para saludarlos con la mano de la muerte. El poder que creía poseer, consumió su voluntad hasta que llego al Bosque de los perdidos, donde una nueva horda de súbditos estaba dispuesta ante él.
A los pocos días de su aparición en aquel lúgubre lugar, Aurelion había conseguido un hogar, arrebatándoselo a su antiguo poseedor, estaba instalado y se preparaba para hacer su presentación ante sus nuevos siervos, sin embargo, al encontrarse con aquella muchedumbre, un hombre vestido con ropas raídas que en su tiempo, sin duda, habían sido lujosas, se postró enfrenté y gritó:
-Lacayo, prepara los corceles, -ladró. Y con impaciencia marcada en su rostro continuó- tu señor se desespera, incompetente.
Aurelion con el rostro rojo de ira se plantó en medio de los deambulantes y proclamó:
-¡Ciegos, ignorantes, desvergonzados!, Yo soy su único rey, dueño del piso donde ustedes, ahora, plantan sus sucias humanidades.  Mi llegada ha demorado, pero eso no les da derecho de tratarme como su igual.
Aquellos perdidos, al verse insultados y heridos en su orgullo señorial, armaron una trifulca violenta en contra de aquel farsante que se autoproclamaba rey. Puños, insultos y arañazos volaron por los aires, hasta que los heridos y furiosos soberanos se sintieron victoriosos y tomaron por medallas los ojos del mago que fueron desprendidos de su rostro.
 Al décimo día de la tragedia, Aurelion se encontró con un joven humano quien al sentirse conmovido por la desdicha de aquel hombre ciego decidió cuidar de él. Al poco tiempo de su convivencia juntos, un lazo de amor apareció entre los dos, el mago adoptó como hijo a aquel indulgente muchacho que tanta docilidad mostraba con su nuevo padre. Meses de tranquilidad y cariño transcurrieron, y el corazón egoísta del anciano se iluminó y su salud mejoraba considerablemente, creyendo que era la compañía de Cleb lo que fortalecía su condición; pero al mismo tiempo que Aurelion mejoraba, su hijo enfermaba y su vida palidecía con el pasar de los días. El hechicero había estado consumiendo la  vitalidad  de su adorado hijo hasta que murió. Por noches enteras Aurelion lloró la pérdida de su única familia, el amor lo había convertido en un padre sentimental pero en su conciencia cargaba con la culpa de haber sido el culpable del agónico desenlace de su hijo.
Cuando la ola de energía y juventud recorrió sus vetustos huesos la primera vez que abrazó a Caleb, no pudo detenerse. A fin de cuentas, el era el pilar del bosque, todos eran sus hijos y su familia vivía para servirle. No había nada que lamentar, las cosas así tenían que ser.
Aurelion, señor de los perdidos, había comenzado a ser la pesadilla oculta de los jóvenes avaros e ilusos que de manera impertinente accedían a vivir con él, creyendo que al estar con alguien tan poderoso y temido, los haría acreedores de sus riquezas acumuladas cuando el muriera, no obstante, ese día jamás llegaba. En el primer momento en que cada nuevo hijo del poderoso hechicero ponía un pie en su hogar, jamás volvía a poner otro afuera. El amoroso y egoísta padre los condenaba a la parte más oscura de su corazón. Aurelion los amaba, les ofrecía tanto cuanto deseaban pero el alba nacía y el crepúsculo moría, y aquellos ojos ilusionados se sumían en un creciente letargo. En el más avanzado ocaso de aquellas almas, los lamentos de sus hijos eran desgarradores, llantos que arañaban la perturbada conciencia,  suplicas que martillaban el corazón eclipsado. Aquellos últimos días eran un infierno, la vida se tornaba insoportable y la desesperación convulsionaba sus pensamientos al saber que ni con todo el amor del que disponía, sería suficiente para salvarlos. Así tenía que ser.
Desconocía el día y quién fue el hijo que marcó la divergencia entre la decadencia y la tranquilidad. Sus oídos se habían vuelto sordos al sufrimiento, ignoraba que había sido él mismo, quien decidió amurallar su alma en ruinas. No podía ver cuando los marchitos cuerpos se desplomaban al abismo y era incapaz de escuchar los ruegos y lamentos que se ahogaban en el dolor.
-Orianna, hija, necesito que tomes mi mano –solicitó Aurelion en un murmullo- tu enfermo padre desea que lo revivas con tu compañía.
Pero solo un débil crujido obtuvo por respuesta. Lagrimas escaparon de sus cuencas vacías, ya no lo soportaba, Orianna se había vuelto distante y fría  desde hace varios días. ¿Acaso ya no lo amaba? ¿Por qué ella también tenía que ser una mal agradecida como todos sus demás bastardos? Siempre era lo mismo, nunca era suficiente, tenían amor, riquezas, comodidad ¿por qué demonios siempre lo abandonaban cuando lo único que él quería era no sentir la soledad?  
-¡Orianna! –demandó el mago –¡te ordenó que vengas¡ Estoy cansado de tu rebeldía y de que te hagas la desatendida –Aurelion se paró de su asiento y comenzó a caminar por la casa, hasta que tropezó con un bulto en medio de la estancia- ¡Orianna, ha sido suficiente!, levántate y deja de ignorarme.
Su voz se quebraba con cada palabra que pronunciaba, no soportaba que lo ignoraran, él entregaba su corazón por amor, no merecía que se mostrarán indiferentes ante él, no pedía mucho, solo un poco de atención y cariño.
-¡Orianna! -la desesperación se apoderaba de sus movimientos, su rostro se había deformado en un gesto de odio y dolor. Derramándose en caudales de tristeza, las lágrimas surcaban todo el rostro, su cuerpo estaba empapado por agua salada que se escapaba de sus poros- No me obligues a ponerte una mano encima, pequeña insolente –pero sus manos ya actuaban por impulso,  jaloneaba con tosquedad los huesudos miembros del cadáver, ya no se detenía, estaba ofuscado por el suplicio y la brutalidad cesó hasta dejar un bulto irreconocible en el suelo.
-Me rindo, Orianna, puedes irte si quieres. No te detendré –se volteó repentinamente y un gesto de angustia deformó sus facciones -¡Espera, no te vayas hija! –gritó- No quiero estar solo, mi cuerpo es fuerte pero mi corazón es viejo y está cansado, no soporto más dolor- pero Orianna no contestaba- solo te pido un último abrazo, ya no quiero amar y ser abandonado, no deseo más hijos si con todos debo pasar por lo mismo –la voz del anciano se apagaba, pero un brillo sádico en sus ojos iluminó y suavizó su rostro - ¿No te irás Orianna? Está bien, te dejaré sola si es lo que necesitas, yo ya te he perdonado.
Pero Aurelion sabía que Orianna no lo perdonaría, que su hija nunca volvería, solo ignoraba la realidad. Sin embargo, era verdad lo que había dicho, su corazón era viejo y desde hace mucho que había descuidado su reino, seguramente alguien más había tomado su lugar allá afuera, aunque desde hace años que eso no le importaba, el vivía para sus hijos, nada más le importaba. Él sabía qué hacer. Los árboles, incluso los más fuertes, un día tendrían que caer.
-Es el fin Orianna. -dijo Aurelion con un tranquilo y resignado suspiro-  Solo quiero que sepas, que yo siempre te amaré, eres mi hija, al igual que todos tus hermanos aún y después de que se marcharon para nunca volver, los llevo siempre en mi viejo corazón, mi alma está tranquila porque de mi sólo tuvieron amor.
Yesenia Coello




domingo, 13 de marzo de 2016

Sephira

Cada día a media noche, se le veía pasar, su caminar era el de una cierva, altiva, el caminar de una mujer que ha aprendido a alzar la mirada sobre el dolor, aunque ella fuera tan solo una niña. Su rostro estaba suavizado por una expresiva nostalgia con mirada meditabunda, sus grandes ojos de avellanas, donde se reflejaba la luz de la luna, estaban adornados por sombras oscuras inferiores que evidenciaban su profundo cansancio, su piel de leche aterciopelada, labios de rosas inmóviles y callados, el viento danzaba con sus ondulados y largos cabellos azabaches y al pasar dejaba detrás de sí, una brisa perfumada a flores, lavanda, rosas.
Aquella niña dejo de ser una persona para convertirse en una sombra, un espectro silencioso que todos, sin darse cuenta, aprendieron a ignorar. Incluso su nombre se había marchitado de la memoria de aquellos que alguna vez la conocieron.
Sephira solo se aventuraba a salir cuando terminaba el crepúsculo y las estrellas comenzaban a dejarse ver. Se disfrazaba de oscuridad; su vestir siempre negro, verde o azul profundo. Tenía un caminar ligero que no irrumpía en el callado ambiente, ni alteraba a ninguna criatura nocturna.
No tenía padres ni hermanos, los había perdido ya hace tiempo, ya no recordaba sus rostros. Tenía una casa en el interior del bosque donde podía refugiarse, pero no era cálida por lo que no podía llamarlo un hogar al que volver.
Siempre había vivido con la sensación de haber perdido algo. Era como si el mundo no tuviese colores cada vez que lo miraba. No sabía cuál era el color que se desvanecía, por más que se lo preguntará, no encontraba la respuesta.
Había aprendido a valerse por sí sola, si había sobrevivido de esa manera por todo este tiempo, podría seguir haciéndolo por mucho más. Se abastecía de lo que el bosque le ofrecía y a veces, durante sus excursiones nocturnas, cuando la pequeña ciudad que lindaba con el bosque estaba en completo reposo, entraba en las confiadas casas y robaba algunas hogazas de pan, queso y si la adrenalina le alcanzaba, alguna cubeta de leche. No se atrevía a salir de día, donde pudiese quedar a la vista de todos y alguien pudiese reconocerla, era casi impensable, Sephira se había empeñado en que su rostro se disipará de los recuerdos de todos, porque si un día pensaba en volver, quería empezar de nuevo y dejar de ser la hija perdida, una bastarda que no encajaba en la vida de los demás, un estorbo para quienes un día cuidaron de ella, si alguien la hubiese extrañado la hubiesen buscado, pero no fue así. Dejaron que se fuera y con ella, problemas con los que nadie quería lidiar.
†˚˚Ω˚˚†
El frescor del viento nocturno acariciaba las ramas de los árboles y los hacía estremecer, se agitaban y movían en dirección al aire que los obligaba a doblegarse a su merced. El ulular de los búhos acompañaba el suave silbar del viento. Estos encantos nocturnos deleitaban los sentidos de la pequeña y de todos los habitantes del bosque.
Muchas estaciones habían transcurrido y Sephira se había convertido en una bella jovencita, aunque nadie se lo había hecho saber.
†˚˚Ω˚˚†
Era finales de Otoño, los árboles estaban cubiertos por sobrevivientes hojas doradas y cobrizas. Los pies de Sephira la dirigieron a un lugar que había encontrado ya hacía mucho atrás, estaba oculto entre ramas y arbustos, era más verde y tenía más vida  que el resto del bosque. No parecía que alguien hubiese pisado ese lugar en generaciones.
Este lugar secreto se encontraba en el punto más profundo del bosque, su corazón. Incluso la naturaleza abrazaba en su interior algo que era tan suyo que no podía dejarlo expuesto a que vidas ajenas lo destruyesen. Un pequeño lago cristalino se encontraba celosamente custodiado por robles robustos, arces, hayas y arbustos frondosos que formaban una muralla y que a simple vista volvía invisible todo lo que había en su interior.
Visitaba este lugar especialmente en luna llena, esta le obsequiaba al bosque una luz azulada que transformaba el pequeño paraíso del lago, en un secreto encantado. Era una fiesta de luces, las luciérnagas revoloteaban por el lugar y dejaban de ser pequeños insectos para ser solo estrellas de intenso multicolor; carmesí, dorado, esmeralda, índigo.
 La brama del viento, el crujir de las ramas, el grillar de algunos insectos, el ulular de los búhos y el aullar de algún lobo lejano, era la lirica del bosque por las noches. El ambiente se inundaba de una amalgama de aromas silvestres y florales, que se entremezclaban hasta concebir un aroma dulzón, a sueños, a fantasía.
El lago era un diamante líquido incrustado en el suelo verdoso del bosque, su agua siempre permanecía fría y dulce, como si un corazón glacial permaneciese inerte en su interior. Al sumergirse en los gélidos brazos líquidos, el dolor que aquejaba al cuerpo y alma, se entumecía y terminaba por ser reconfortados.
Sephira caminaba entre árboles y arbustos con evasión, su vista estaba acostumbrada a la oscuridad y conocía bien ese camino que era imposible que pudiera perderse.
Cruzó un viejo roble y apartó unas cuantas ramas y, discreta como una sombra llegó a su preciado lugar, pero entre las luces que navegaban en el azulado espacio y el meloso aroma del aire, encontrase allí algo que la inquietó y la hizo ahogar un grito de sorpresa. Se contuvo y observó al inesperado pero no desconocido visitante. Estaba sentado en un tronco caído a la orilla del lago, sus pies se sumergían en el agua haciendo suaves chapoteos en ella. Sus manos estaban concentradas en el juego de atrapar luciérnagas, aunque estas rehuían apresuradas y solo las rozaba con sus dedos. Su cabello de oscuros rizos encrespados y alborotados, su rostro de bella tez morena se ornamentaba con grandes perlas negras, tenía la nariz aguileña, labios pálidos, carnosos, delicados y una sonrisa que embellecía aún más sus facciones.
Su torso se encontraba desnudo, tenía un cuerpo esbelto, espalda ancha y extremidades largas. A pesar de nunca haberlo visto en ese lugar, el joven armonizaba con perfecta sincronía y belleza con el hermoso paisaje, parecía pertenecer al lugar, como si siempre hubiese estado allí otorgando más luz y magia del que este poseía.
Lo había estado observando desde hacía algunos meses, paseando por el bosque o en sus breves visitas al pueblo. Lo veía con cierta constancia, sin buscarlo, aunque con el deseo frecuente de encontrárselo. Le admiraba en secreto y le quería sin admitirlo, era una estrella fugaz que la enamoraba con su momentánea aparición y al desaparecer de la vista dejaba en su estela una horda de sentimientos desconocidos y un vacío amargo por la brevedad del deleite. El vacio, los sentimientos y su rostro iban quedando en el olvido y la resignación. Pero siempre revivían antes de desvanecerse por completo cuando sus caminos volvían a coincidir.
La historia se repitió de la misma forma por varias estaciones y pese a que Sephira no lo notase, el amor creciente se acumulaba en su corazón.
Sephira se recuperó del ensimismamiento por la impresión, aún no creía que su estrella fugaz estuviese a unos metros, fijo en el mismo lugar y esperándola. No se había percatado cuando sus pies avanzaban ya por voluntad y se dirigían al bello y anhelado ser. Avanzaba con paso cauteloso como si evitara asustar a un cervato con la intención de acariciarlo. Se detuvo a unos cuantos pasos, el muchacho volteo la cabeza y por primera vez, ambas miradas se cruzaron y fijaron entre sí. La mirada del hermoso cervato era inescrutable, las hermosas perlas negras la observaban inexpresivas, pero los ojos de ella desbordaban emociones; amor, desconcierto, dicha y nerviosismo, estaba vulnerable, su alma se volvió transparente y tenía el corazón en las manos. Sus labios estaban entreabiertos y mudos. Sephira apretó los puños y su voz quebrantó de golpe la expresión contemplativa del joven.
-¿Quién eres criatura? –preguntó con voz trémula.
-Amir… -dijo con desconcierto. Sin apartar la vista de los ojos oscuros y vidriosos que lo escrutaban,  tragó saliva y alzando un poco más la voz continuo- me he perdido, paseaba por los alrededores, cayó la noche y cuando intenté volver me había internado tanto el bosque que no vislumbre el camino de regreso, seguí buscando y encontré este lugar, me pareció seguro, decidí descansar y… -se quedo sin aliento, la mirada inquisitiva de la muchacha lo intimidaba y con esfuerzo concluyó- ¿Tu también te has perdido?
Un extraño sentimiento de nerviosismo recorría el trémulo cuerpo de Sephira, cruzó los brazos para no evidenciar el temblar de  sus manos, sentía como se le ruborizaban las mejillas, la voz del muchacho era grave con un toque infantil, también estaba sonrojado, tal vez por la vergüenza de que una chica lo viera sin camiseta o por la sorpresa de que alguien le mantuviera la mirada por tanto tiempo como lo hacía aquella lúgubre doncella.
-No estoy perdida, vivo cerca del lago –levantó un brazo y con  el dedo índice señaló hacia el sur- Soy, Sephira.
-Sephira –repitió Amir con casi un murmullo, las letras de su nombre flotaban en su paladar <<que nombre tan más exquisito para alguien tan bella>> –pensó y con seguridad continuó- ¿podrías ayudarme a salir de aquí? Debo volver a casa y no puedo solo.
-Naturalmente te ofreceré mi ayuda- en la  voz de  ella había autoridad, se mordió el labio al pensar en la osadía que estaba a punto de pronunciar- pero hoy no, no esta noche ¡Una vez que entras en luna llena, es imposible que te sueltes de los brazos del bosque! –exclamó excitada.
-¿En serio? –el rostro de Amir tenía una expresión incrédula y divertida- ¿acaso existe alguna maldición que me convierta en piedra o me retenga en este lugar?
-Yo, yo soy la maldición- contestó Sephira con un dejo de tristeza.
Amir la miró con desconcierto y abrió la boca, pero no fue capaz de emitir sonido alguno. Aquella chica le inspiraba un extraño sentimiento, tenía un porte seguro y fuerte pero sus ojos cristalinos parecían a punto de romper en llanto. Un golpe de emociones oprimió su pecho, con el rostro contraído se dirigió a ella y le tendió su mano, Sephira confusa por el repentino ofrecimiento posó sus dedos sobre los de él sin dejar de observarlo a los ojos.
-Quédate –musitó ella.
-Me quedaré –contestó Amir y con delicadeza la atrajo a su lado.
Ahora ambos estaban sentados en el tronco caído, el ambiente se había tornado más cálido por la proximidad de sus cuerpos, esperaban, a que uno se atreviera a pronunciar, la manera de romper la maldición que tanto aquejaba a Sephira. La soledad.

martes, 9 de febrero de 2016

El prínicpe de la capa escarlata

Un lastimero aullido rasgó el velo de silencio que cubría la noche, tan agónico que parecía contener todas las tristezas y desdichadas de las criaturas del mundo. Dorian dirigió la mirada hacia el punto de donde provenía el lúgubre lamento.
Cada noche el pequeño príncipe se posaba ante su ventana y observaba meditabundo el umbrío bosque de hojas escarlata y flores como estrellas de fuego que se extendía sobre el horizonte, perdía su mirada en el centro de este lugar, creyendo con infante inocencia que justo allí, yacía el héroe de sus historias, el abuelo que añoraba conocer y abrazar, aquel de cuyo nombre había quedado borrado de la boca de su padre y que de manera injustificada, estaba prohibido pronunciar. Intentaba imaginarse lo que hacía en ese momento, ¿quién le hacía compañía?, ¿con quién hablaba?, ¿acaso su abuelo pensaba en su nieto, como Dorian pensaba en él cada noche y cada vez que miraba al bosque? Pero estos pensamientos se veían bruscamente interrumpidos cuando un desapacible aullido estremecía los arboles por su inmenso dolor y erizaba la piel de Dorian. Los escuchaba en las noches de manera inesperada y con profundo pesar, porque no podía imaginarse a una criatura con un sufrimiento tan grande que lo obligará a lamentarse de aquella manera. Deseaba encontrarlo, ser su amigo y jurarle que nunca estaría solo, pedirle que dejará de llorar, porque cada lagrima que el derramaba rompía de a poco el corazón de Dorian. Pero eso no era posible, no podía conocer a su abuelo ni ser amigo del lobo porque no podía ir más allá de los límites del castillo, estaba estrictamente prohibido por el rey, y nadie se atrevía a desafiar su autoridad.
Dorian era un niño de 12 años, de inocente semblante, piel blanquecina, ojos avellana engarzados en un rostro infantil, hermosamente cincelado y con oscuros mechones de cabello que caían y ondulaban sobre su cabeza. Era hijo único de Sebastian Alagrís, rey de Valthara, hombre grande y de porte noble, tenía un rostro de expresiones ásperas enmarcadas con una barba castaña y una brillante corona que posaba sobre sus cabellos, tenía los ojos y facciones de su hijo, aunque envejecido por varias décadas más, era estricto y justo con sus soberanos y de inexorable carácter, aunque en realidad era un hombre dulce y buen padre. Camelia, su madre, una mujer modosa y cariñosa, con un rostro delicado, de ojos grandes oscuros y profundos como una noche sin estrellas, mismo color de sus largos cabellos; tenía unas largas manos con las que acariciaba el cabello de su hijo mientras le contaba historias, y su favorita entre todas estas era la del rey Orsino Alagrís, su abuelo, de cómo éste en una hazaña heroica por salvar al pueblo y de vencer a aquella bestia incontrolable e infernal, perdió la vida. Los sobrevivientes de aquel triste y memorable día, contaban esta historia envalentonada con sus propias impresiones y melancólicos sentimientos, según hubiera sido su papel en el campo de batalla, por lo tanto, la historia se había deformado un tanto, de boca en boca a pesar de que había ocurrido hace poco más de 40 años.        
La verdadera historia era, la que Thalion, le contó a su sobrino Sebastian cuando cumplió sus 12 años de edad, mismo día en que fue coronado como nuevo soberano de Valthara, debido a la ausencia del antiguo rey.
Ese día, para amainar el desconsuelo que sentía Sebastian por el abandono de su padre, su tío Thalion contó, sobre la amistad que Fauros el ancestro protector del bosque y Orsino su progenitor, habían entablado desde que éste era apenas un joven erudito que se había adentrado en el arte de la magia ; de la pelea que lucharon juntos cubriéndose la espalda mutuamente; y del triste desenlace que ambos tuvieron, aunque contradiciendo los relatos que se rumoreaban en las calles de la ciudad, ninguno de los dos había muerto.
Y esto último lo sabía Dorian de boca de su madre, sabía que su abuelo era un mago, que había dejado a su amigo el ancestro, desamparado después de derrotarlo y ahora, conocía la razón del porqué su  padre desde aquel día, guardaba un profundo recelo con aquel hombre que lo abandono.
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Así pues, pasaban los días, las estaciones nacían y llegaban a su fin. Y Dorian cumplió doce otoños de edad. Al fin había llegado el día que Camelia y Sebastian esperaban con fría emoción y preocupación aciaga. El pequeño príncipe tenía derecho de conocer a su abuelo, sus padres notaban el ensimismamiento y la tristeza que se reflejaba en los ojos de su hijo  cada vez que miraba hacia el bosque.   
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Un buen día, cuando el alba ya se había asentado en el cielo dorado que envolvía a Valthara, la familia Alagrís caminaba hacía los límites entre el castillo y el bosque   escarlata, Sebastian marcaba el paso mientras que Camelia y su hijo, tomados de la mano lo seguían en silencio. Una sonrisa agraciaba el bello rostro de Dorian, sabía lo que estaba a punto de acontecer, todo tipo de emociones emergían desde el profundo deseo que albergaba con ilusión; esperaba aquel día como regalo prometido, desde que supo de la vida de su relegado abuelo y ahora no existía quien pudiera eclipsarle aquella desmesurada alegría. Los tres llegaron a su destino, Camelia se arrodillo frente a su hijo, le tomo ambas manos entre las suya y con apacible felicidad le dijo:
-Cariño, siempre tuviste el derecho de conocer a tu abuelo, tu padre y yo no podíamos ignorar su deseo.
-¿Él también quiere conocerme? ¡¿Me está esperando ahora?! –preguntó Dorian soltándose de las manos de su madre, sin disimular el fervor con que ahogaba sus palabras.  
-Sí, hijo. –contestó su padre acercándose al pequeño príncipe, mientras posaba una mano en su hombro –Es por eso que ahora nos encontramos aquí.
Dorian asintió vehemente, paseando la mirada de su padre hasta su madre.
-Desde hace muchos años que el bosque no es un lugar seguro para los humanos –dijo Sebastian con voz severa, dando un paso hacía el bosque- toda criatura que allí habita, ataca a quien desconocen como uno de los suyos. Desde aquel día… -se detuvo repentinamente y se mordió el labio inferior- Algunos le llaman el infierno escarlata, nadie ha osado poner un pie más allá de los límites permitidos, aquel que entra es indiscriminadamente devorado por los animales.
Dorian ahogó un grito de terror y en su lugar, un gemido de asombro salió de su boca.
-Pero… ¿yo no iré solo verdad?- trastabilló el pequeño príncipe.
-No estarás solo hijo –contestó la madre- tu abuelo sabe que hoy irás, una parte de su espíritu te protegerá de quien quiera lastimarte, y te estará guiando durante tu travesía, como si el mismo te llevara de la mano.
-Sin embargo hay algo que es indiscutible que lleves –dijo el rey haciéndole una señal con la cabeza a su reina.
-Las criaturas del bosque no se verán amenazadas si te ven como uno de los suyos -La madre de Dorian sacó de la bolsa de cuero que llevaba en la mano, una larga capa de un profundo rojo escarlata, poniéndosela sobre los hombros a su hijo. Camelia dio un  paso atrás y con voz firme continuó- Todo ser viviente en ese bosque se ha teñido de rojo escarlata por toda la sangre que un día se derramo entre sus plantas, arboles y flores; los animales, tienen sus pelajes, pieles y escamas bañadas por los sangrientos recuerdos que no han podido dormir en sus mentes. Para ellos, aquel manto rojo que les abriga es un cruel recordatorio de la confianza que nunca debieron otorgarle a los humanos. Ni siquiera tu abuelo Orsino que vive como pilar del bosque, logró cambiar eso, a pesar de que gracias a su sacrificio ellos siguen existiendo.
-Hazme el favor y entrega esto a tu abuelo –el rey le entregó un pergamino enrollado y sellado con el emblema de la familia –es realmente muy importante que él lo reciba.
-Te prometo que llegará hasta sus manos –miró fijamente a su padre mientras este asentía con la cabeza.
-¡Nunca vaciles tus pasos hijo, aunque te vean como uno de ellos, jamás te aceptarán! –exclamó Sebastian mientras le cubría la cabeza a Dorian con la capucha de su capa escarlata –Mira siempre hacia delante y no ensombrezcas tu camino con las dudas. Recuerda que la ceguera es no saber qué camino elegir,  tú tienes un objetivo, deja que sus corazones tejan el lazo hasta unirse. No hagas caso de las voces que intenten entorpecer tus pasos.
-Seré cauteloso, les prometo que regresaré con bien, confíen en mi –decía mientras abrazaba a sus padres.
-En ti confiamos. Bienaventurado sea tu viaje –zanjó Sebastian mientras miraba a su hijo adentrarse en el hermoso infierno escarlata.
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 El bramar del viento armonizaba con los suaves cantares de las aves que por allí volaban, el crujir de las hojas secas debajo de los pies de Dorian le tranquilizaban  y daban ritmo a su caminar.
Un aullido estremecedor golpeo el viento y lo hizo callar. El príncipe se detuvo al oírlo, alzó la vista al cielo y cerró los ojos como si de esta manera pudiera escucharlo mejor. Inmediatamente comprendió que no era el aullido de un lobo cualquiera, era el mismo lamentable aullido que escuchaba cada noche, pero esta vez más sosegado. Sabía que era un intruso en ese territorio y aquel lamento podría ser también una advertencia. Pero las palabras de su padre resonaban en su mente y no permitiría que nada lo hiciera volver sobre sus pasos. Y con este pensamiento, reanudo su camino.
Una profunda intuición le alertaba la presencia de algo asechándolo, en su interior sabía que un encuentro cara a cara era inevitable, pero en su semblante no se atisbaba ni un rastro de temor.
Y finalmente el lobo embistió al príncipe, mostró sus afilados colmillos, un áspero gruñido se escuchó y en ese mismo momento el lobo que había llegado hasta ahí con el caminar de un animal, ahora se erguía sobre sus patas traseras tomando una forma humanoide. Dorian reaccionó con calma, esperando a que su insólito visitante terminara su estrambótica transformación. El lobo miró directamente al niño con sus llameantes ojos carmesí, se acercó hacía él y con una garra tomó su barbilla alzando su cara hasta que las miradas se encontraron.
-Señor lobo. –saludó Dorian acompañado de una leve inclinación de cabeza- Soy Dorian Alagrís, hijo de Sebastian Alagrís, rey de Valthara.
-Oh vaya, un príncipe –espetó, levantando una ceja- Me llamó Fauros. Es un honor –se presentó, haciendo una teatral reverencia. Su voz era suave y profunda, su hocico achatado destilaba un olor ferroso y dibujaba una tétrica sonrisa. Sus ojos eran rubíes brillantes que reflejaban serenidad y un profundo cansancio, era dos veces más alto que el niño, su famélico cuerpo estaba cubierto por un encrespado pelaje gris y unas desgastadas garras estaban incrustadas en sus patas.
-¿Y qué hace su realeza caminando por estas olvidadas tierras? –preguntó Fauros.
-Iré a visitar a Orsino, mi abuelo. Y también le llevaré este pergamino, que es un mensaje  muy importante que mi padre quiere darle.
-Ya veo, así que eres nieto del anciano… -se extrañó Fauros- Ahora comprendo porque nuestros caminos se han cruzado.
-Entonces ¿no me estabas persiguiendo desde que entre al bosque? –preguntó Dorian.
-Verás, es la primera vez que veo a un humano adentrarse tanto en el bosque escarlata, normalmente aquellos que valiente y estúpidamente deciden venir, no suelen llegar  muy lejos antes de que… desaparezcan de una manera no muy agradable. Pero tú… –El lobo levantó una pata intentando tocar algo invisible que rodeaba al pequeño- Puedo percibir algo muy fuerte que emana de ti, un olor muy familiar, parecido al de tu abuelo –un gesto de tristeza se plasmo en su boca- Y fue eso mismo que me llevó a querer encontrarte, esa energía toma la forma de un lazo que es invisible para todos excepto para mi, curiosamente y para ti que puedes sentirla y que ahora te sirve de guía para llegar hasta él.
-¿Conoces a mi abuelo? –preguntó Dorian.
-Somos muy buenos amigos –mintió con seguridad el lobo- Pero bueno, pequeño príncipe, no te retraso más, aún tienes un buen tramo que caminar antes de encontrarte con Orsino.
-¿Te volveré a ver? –quiso saber el príncipe- Te he escuchado llorar muchas noches y … -Dorian se sonrojó y agachó la cabeza al percatarse de lo osado que había sido esa confesión- Lo siento, pero me gustaría ser tu amigo, espero volverte a ver y ahora más sabiendo que eres amigo de mi abuelo –terminó, recobrando la compostura.
-Claro, te prometo que pronto nos volveremos a ver –respondió con disimulado desconcierto.
Y de esta manera se despidieron, Dorian continuo caminando con un renovado entusiasmo, mientras que Fauros esperó a que el pequeño se perdiera de su vista para tomar un atajo hacía la casa del mago Orsino.
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Desde aquel trágico incidente de la guerra, la vida de Fauros había dado un vuelco irreversible. El majestuoso y venerable Ancestro había sido derrotado por su mejor amigo y éste, en un acto de despectivo despreció, condenó a la mágica criatura a ser un zarrapastroso perro, había perdido los colores que antes ostentaba en su forma animal y ahora era de un triste color gris, sus poderes se habían ido por completo y por lo tanto, jamás pudo convertirse en humano otra vez, ahora, su intento se limitaba en transformarse en un lobo parlante, sostenido en dos patas y con una lamentable y bestial figura.
Cada noche, el blanco platinado de la luna y el profundo oscuro del cielo, le recordaban el color que su pelaje tuvo cuando era un ser milenario, y benévolo con quienes lo amaban. Pero ya nada quedaba de eso, aquellos que alguna vez lo veneraron, lo comenzaron a ver con vergüenza, decepción, desdén; y con el tiempo aprendieron a ignorarlo y finalmente, a olvidarlo por completo. Fauros nunca había existido para ellos.
Si bien lo había perdido casi todo, existía algo que aún moraba en su agotado corazón, y era el gran amor que sentía hacía su bosque. Pero estos latentes sentimientos de añoranza, unidos con la desdicha del hambre y la deshonra, lo hacían despojarse de aullidos cargados de miedo, tristeza, dolor y odio.
Había pues, una manera en la que Fauros podría recuperar sus poderes y su bosque, pero para esto tenía que encontrarse frente a Orsino y nunca había podido lograrlo porque la casa donde habitaba el anciano, estaba cubierta por una barrera mágica que la hacía invisible e indetectable para los sentidos del Ancestro. No obstante, ese día sería la excepción, el confiado príncipe le mostraría el camino hasta su liberación, y para eso no necesitaba más que adelantarse y llegar antes de que el rastro desapareciera.
Y así, el legendario Ancestro se encontraba ahora frente a la puerta de su destino. Miro sus ásperas patas y con determinación rozó con sus dedos la invisible superficie. Sin previo aviso, un descomunal y viejo árbol se alzaba frente a él, las fuertes raíces arañaban la tierra aferrándose para no salir por completo a la superficie, enredaderas de flores rojas abrazaban fuertemente al tronco, mientras que frondosos mantos de verdes hojas adornaba la superficie, y que desde la posición del lobo, pareciera perforar los cielos.
Una grieta se dejó entrever frente a Fauros, tomó en cada una de sus patas delanteras un extremo de la brecha, y haciendo uso de su limitada fuerza, las separó creando una abertura exacta para pasar su escuálido cuerpo.
Un golpe de dolor le censuró los sentidos, obligándolo a caer de rodillas frente la imagen que se levantaba ante él. Orsino estaba postrado en un trono forjado por fuertes raíces y pequeñas flores escarlata lo ataviaban. Sus extremidades habían dejado de  ser humanas; sus dedos eran ramas que se extendían y se perdían entre el ramaje de su trono, de sus pies emergían gruesas raíces que penetraban el suelo; su piel estaba pálida y envejecida, tenía un rostro sabio, vetusto y anacrónico, que resaltaba por una inacabable barba lechosa que caía por todo su cuerpo hasta perderse entre la ramificación. Su cuerpo estaba cubierto por una desgastada túnica de un negro profundo, y un medallón con el emblema de la familia real, ornamentaba su pecho, aunque opacado por las décadas.
-Fauros – una voz atronadora y etérea emergió de los agrietados labios del mago.
El lobo ancestral se recuperó y se puso de pie, su corazón le latía fuerte y una amalgama de emociones le asedió por completo cuando su viejo amigo abrió los ojos, que eran esmeraldas oscurecidas por los años. El escuchar pronunciar su nombre en voz tan amada, le destrozó completamente, y pequeños cristales líquidos le brotaron de los ojos.
-Amigo mío –alcanzó a decir Fauros con voz trémula- Nunca creí que el volver a verte me haría despojarme de todas mis egoístas intenciones.
-Sé a lo que has venido, me imaginaba con seguridad, que nunca te dejarías morir antes de intentar tu última proeza para recuperar tu vida.
-Entonces sabes que debo robarte la vida de la cual, tú un día me despojaste. –confesó con tristeza el lobo- Pero mi determinación ha flaqueado. Pensaba que solo mataría al anciano que me maldijo un día, pero ahora, he comprendido que asesinarte sería aniquilar el corazón del bosque.
-Mi condición significa que el bosque me ha consumido. –explicó Orsino- Yo solo era un humano sin magia suficiente para mantener con vida a todo este lugar. Tuve que entregar hasta el último grano de vida y de humanidad que en mi quedaba como ofrenda.
-Pero vives rodeado de miles de almas que se postran a tus pies –protestó el Ancestro- eso debería de significar algo para ti.
-Tú fuiste libre y amado durante tu imperio, yo soy solo un esclavo de la soledad. –dijo el anciano con recelo- Las criaturas me respetan pero no sienten amor hacía mi. Al inicio mis acciones fueron justificadas pero ahora, nada de esto tiene sentido, estoy cansado y he perdido demasiado.
Fauros estaba ofuscado y conmovido. El encuentro le había hecho olvidarse que el príncipe de la capa escarlata venía en camino. Debía de actuar pronto, pero sus pensamientos estaban sofocados y era incapaz de tomar una decisión en ese estado.
-Yo viviré a tu lado de ahora en adelante –dijo ilusionado el lobo- En este lugar mi cuerpo se ha olvidado del dolor y tu olvidarás la fría soledad. Ninguno de los dos tiene que morir…
-¡Devórame ahora! –gritó excitado Orsino- ¡Culmina tu cometido en este momento, ármate de valor y libérame de este destino que no me correspondía!
Un inmenso golpe de dolor le cortó la respiración a Fauros, sus oídos no daban crédito a la petición de su amigo. Todo parecía ser producto de una despiadada pesadilla. Pero en su corazón, que palpitaba por un desmesurado amor hacia aquel humano, yacía la decisión correcta para aquella desdichada criatura que sufría tanto o más que el.
-¡No lo haré! –exclamó- No mientras tu nieto viene hacia acá con la ilusión de conocerte, nunca me perdonaría que en vez de eso, encontrará tu cuerpo sin vida e inerte.
Mi nieto… –repitió con voz entrecortada mientras las lágrimas se aglomeraban en sus ojos esmeralda y rodaban incontrolables sobre sus mejillas- Bien, hazlo después de que él se  marche.  –concluyó agachando la cabeza.
-Que así sea- respondió, mientras que con la mirada baja y una mano sobre el corazón se hincaba sobre su rodilla en pos de respeto.
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Dorian se detuvo frente al gran árbol, sus pies lo habían llevado hasta ese lugar donde no se divisaba otro camino. Localizó la brecha que el lobo había dejado con anterioridad y se dispuso a entrar hacía el interior del tronco.
El pequeño príncipe se detuvo de repente, frente a él estaba su abuelo quien ahora lo recibía con una tierna sonrisa que resaltaba sus sonrojadas mejillas.
-Dorian, mi pequeño niño. –dijo Orsino, sin borrar la sonrisa de su rostro- Por fin has llegado. Ven, acércate.  
-¡Abuelo! –dijo entusiasmado, mientras corría hacia él.
Orsino con gran esfuerzo levantó sus brazos y logró abrazar a su nieto en una pequeña prisión de flores. Las lágrimas volvieron a aparecer en sus ojos, pero esta vez nacientes de un grato sentimiento de dicha. Acto seguido, colocó a su nieto en su regazo y lo motivó a le contará cómo era su vida y todo lo que había hecho hasta entonces. Después, por primera vez desde su cautiverio, Orsino volvió a narrar sus aventuras de cuando era rey, evitando en todo momento mencionar la guerra y explicando de una manera sutil, el porqué se encontraba de aquella manera. Y así transcurrieron las horas, intercambiando historias y sonrisas. Hasta que Dorian recordó que había algo importante que debía hacerle llegar a su abuelo de parte de su padre.
-Abuelo, casi lo olvidaba. –dijo, alzando el pergamino hacia la vista del anciano- Papá te lo envía. Dijo que era muy importante.
-Sebastian. –susurró con gran ilusión- Dorian, ¿podrías extender el pergamino para que pueda leerlo? Como verás, no puedo usar mis manos –dijo mientras señalaba con la cabeza sus raíces.
-¡Por supuesto, abuelo!
El príncipe obedeció y Orsino comenzó a leer la misiva de su hijo. No se contuvo y una solitaria lágrima derramó. Terminó de leer y con profundo pesar expresó:
-Mi niño, el crepúsculo amenaza con comenzar, debes volver a casa antes de que la noche cubra de penumbra el bosque.
-Lo sé, abuelo –respondió- te prometo que volveré y traeré conmigo juegos que tú también puedas jugar y libros para que los leamos juntos.
-¡Eso me parece perfecto! –dijo con sincero entusiasmo- Me gustaría que inventaras juegos nuevos con tus amigos y que leyeras todos esos libros en la noche antes de dormir. Te prometo que yo  estaré escuchándote y observando cuando lo hagas. Y no digas más, Dorian, ya nos volveremos a ver. Y ahora ponte en marcha.
-Hasta pronto abuelo, te quiero –y diciendo eso, le dio un beso en la mejilla y lo abrazó fuertemente, Orsino le besó la frente y lo despidió con una hermosa sonrisa. Dorian bajó de su regazo y se marchó, cubriéndose la cabeza y ondeando su capa roja a caminar. Y observando como su nieto se marchaba dijo con tranquila voz:
-Aunque te olvides de mi, jamás te olvides de vivir.
Fauros que había permanecido oculto en las sombras, salió de su refugio y se detuvo frente a anciano.
-Aún puedes cambiar de parecer- comentó el lobo.
-Basta –replicó Orsino- Cada quien obtendrá lo que merece y desea. Tú, recuperaras tu reino, tus poderes, el amor y la devoción de tus súbditos, sé que gobernaras con justicia y benevolencia, Fauros, amigo mío –una sonrisa ablandó su rostro -Y yo, podré dormir y tener el descanso que tanto he deseado desde hace casi medio siglo –cerró los ojos y manteniendo la sonrisa, concluyó- Es hora.
El lobo hizo una reverencia y con lágrimas que manaban de sus ojos carmesí declaró:
-Siempre te recordaré, Ancestro Orsino, tu memoria y tu historia nunca será olvidada, lo juró.
Fauros retomó su forma animal y se abalanzó sobre el mago, devorando directamente sobre su pecho hasta alcanzar su corazón.
En su último aliento de vida, Orsino el mago, murmuró:
-Sebastian, hijo mío, gracias por perdonarme. –cerró los ojos y dejó que el alma abandonará su cuerpo.
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Sobre el piso se extendía un pergamino manchado con gotas de sangre escarlata y con una hermosa caligrafía se leía:

Amado padre:
Desde aquel último día en que estuvimos juntos, no ha dejado de resonar en mi mente el pesar de la culpa. Tardé años en comprender que tú nunca me abandonaste, hiciste lo que todo buen padre que ama a su familia haría. Te perdono, aunque no haya nada que perdonar. Por favor, perdóname tú a mí.

Te ama, tu hijo.
Sebastian Alagrís


Pd: De ahora en adelante organizaré visitas frecuentes con Camelia, mi esposa, Dorian y yo, por supuesto. Volveremos a ser una familia. Recuperaré el tiempo que por mi necedad, perdí a tu lado.